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miércoles, 27 de septiembre de 2006

Nigel y Alistair

Por fin he terminado el cuento macabro que tenía entre manos y que no acababa nunca (los menores o los muy aprensivos que se abstengan de leerlo). Lo he acabado esta tarde pero Blogger ha decidido dejar de funcionar correctamente e impedirme colgarlo hasta ahora. He avanzado a trompicones pero con la idea clara desde el principio. De modo que está mucho más pulido, retocado y maquilladito que las chapuzas que acostumbro a hacer.

Roger había ilustrado ocasionalmente alguno de mis cuentitos pero esta vez he seguido el proceso contrario: he inventado una historia a partir de unos personajes que él dibujó hace tiempo y que desde que los vi me gustaron muchísimo e imaginé ingleses (sonrisa inglesa, si son seguidores de los Simpsons sabrán de qué hablo). El dibujo inspirador está al final, no lo vean hasta acabar de leer para no estropear la sorpresa final...


Nigel y Alistair


En la relativa seguridad oscura, fría y aséptica, llena de ecos y toses del hospital, la asaltaba aún de repente, en medio de la noche, ese olor que le revolvía las entrañas. La sacudía entonces una brutal náusea y la dejaba temblando, bañada en sudor helado, la cena a medio digerir arrojada sobre las impolutas baldosas blancas del suelo. No era un olor real, sólo recordado, pero le llegaba con tanta fuerza como si algo físico la golpeara en el estómago.

Era un olor a carne en descomposición, a sucia humedad, a peluche en un basurero, a bayeta usada y mojada, a perro callejero bajo la lluvia. Y cuando cerraba los ojos con fuerza y dejaba de respirar se daba cuenta de que no podía alejarse de ese olor porque sólo estaba en su cabeza. Y volvían las imágenes de aquél perturbado demente rodeándose a sí mismo con los brazos metálicos forrados de andrajosa imitación de visón que pudo ver cuando escapaba. Su hermano se los había construido, en una burda y penosa imitación de un abrazo maternal... O sensual. Y era ese el olor que recordaba, el de aquellos brazos artificiales, empapados en lágrimas, saliva, semen y sudor agrio durante años.

Sólo había empezado a ser consciente de lo que le estaba pasando cuando la arrojaron al desagradable escondrijo que sería su morada casi un año entero. Sin que pudiera ver a sus raptores la dejaron en el sótano, encerrada con las ratas en la más completa de las oscuridades. Como su padre era un importante empresario supuso que pedirían un rescate, pero cuando a pesar de sus llantos y gritos nadie vino a darle de comer en tres días y tuvo que beber agua de los charcos de filtraciones y hacer sus necesidades en un rincón pensó que quizá se habían olvidado de ella. Se imaginó que moriría allí de hambre, de un modo lento y horrible, o que tendría que sobrevivir cazando y comiéndose crudos a los asquerosos roedores que oía corretear por las esquinas. La realidad fue mucho peor que eso.

Alistair, el mayor de ellos, aquél despreciable gordo psicópata de mirada terrible, inteligente y cruel, bajó al fin a verla con una escudilla repleta de un apestoso engrudo humeante que le tiró a los pies ofreciéndoselo a modo de comida. No se sentía con fuerzas de ser orgullosa o remilgada de modo que comenzó de inmediato a devorar la pasta con las manos. Él emitió una enervante risita asmática y empezó a hablar pausadamente, como quien establece los términos de un contrato, con una espantosa serenidad. Le contó que era afortunada puesto que su hermano Nigel la había escogido a ella. Que había hecho cosas malas en el pasado y por eso tenían que esconderse pero que era un buen chico si no se lo ponía nervioso. Que Nigel necesitaba una mujer y que ella iba a ser buena con él. Le explicó que cuando era pequeño a Nigel le encantaba romper las patas traseras o la parte inferior de la columna a los perros y gatos que encontraba sólo por diversión, por el placer que le proporcionaba ver cómo se arrastraban luego. Y que esperaba que ella se portara bien y no le diera ni a él ni a Nigel razones para acabar arrastrándose como aquellos perros. La avisó de que era imposible escapar porque en 50 kilómetros a la redonda no había ningún ser vivo y que desearía morir antes de lo que le esperaba cuando la atrapasen si intentaba huir porque, que no tuviera ninguna duda, la atraparían. “Ninguna ha escapado nunca”, remató antes de irse.

Nigel iba cada noche al sótano a verla. Era alto y musculoso, macizo como un roble y, si la cara es el espejo del alma, la suya, por lo poco que dejaba ver la solitaria bombilla colgada del techo, estaba podrida hasta la médula. El primer día trajo un colchón de espuma y una manta que dejó allí para ella, como un regalo. Al principio sólo se sentaba a su lado y la rodeaba con sus brazos, y ella procuraba estarse muy quieta, llorando y temblando como una hoja. Él gruñía e imitaba sus gemidos como en un juego macabro. Se quedaba casi toda la noche y la acunaba adelante y atrás con un movimiento autista susurrando “Mamá ya está aquí... Mamá ya está aquí...” Pero Nigel no se conformó con eso...

Una noche le tocó los pechos de forma torpe, rápida y furtiva, como si le quemaran las manos. Se apartó un poco y cuando ella quiso saber si se había ido lo vió masturbándose violentamente. Se marchó de inmediato y la dejó algunos días en paz pero supo que no duraría. Cuando volvió no venía solo. Alistair la amordazó y le aguantó los brazos por detrás mientras Nigel le ponía en la cabeza un saco hediondo y la violaba salvajemente. Duraba apenas unos minutos y cuando acababa, entre bufidos, llamaba a su mamá. Lo repitió cada noche durante meses.

A medida que Nigel fue tomando confianza en su fuerza hercúlea y ella vio que resistirse era totalmente inútil y era mejor dejarse hacer ya no necesitó la ayuda de su hermano para someterla. Alistair nunca la tocó en ese sentido, pero ella sabía que invariablemente permanecía mirando desde la puerta, dominando y contemplando el espectáculo desde lo alto de las escaleras que bajaban al sótano. Por su mirada siempre sospechó que Alistair obtendría más placer cortándola poco a poco y concienzudamente en pequeños pedacitos sanguinolentos. Y seguramente lo hiciera cuando Nigel se cansara de violarla sistemáticamente. Sólo esperaba ansiosamente su turno. A través del saco sólo veía su enorme figura a contraluz pero casi podía imaginar sus minúsculos ojos sádicos fijos en ella, brillando como ascuas. Lo mejor era no mirar, intentar alejarse de su cuerpo para no sentir nada. Y contener las nauseas. Sabía por experiencia que las cosas podían ponerse muy feas si vomitaba...



Volvió al presente con un sobresalto y vio que tenía los nudillos de las manos blancos de apretar los puños y las palmas ensangrentadas de calvarse las uñas en ellas. Una vieja costumbre de su encierro que le costaría abandonar. Consultó el reloj de la pared. Sólo eran las cinco de la mañana y sabía perfectamente que hasta que no avisara a una enfermera que le trajera unas drogas milagrosas sería incapaz de dormir. Como cada noche. Y por la mañana vendría aquél inspector que decía ser psicólogo y la torturaría haciéndole más preguntas, haciéndole recordarlo todo.

Pero ella no quería recordar, no quería pensar que si estaba allí era porque Nigel apareció de improviso una tarde y la liberó a espaldas de su hermano, que debía haber salido. “Tú no eres de él, mamá”, le dijo con su voz gutural y, por la forma en que pronunció la última palabra, ella entendió por qué lo hacía. Nunca antes le había dirigido la palabra. No quería ni ver la cicatriz de su vientre, no quería ni imaginar cómo podía haber un dios que lo hubiese permitido, que permitiera a aquél engendro tener descendencia. Cómo aquél bebé se podía haber gestado en su útero en aquellas condiciones y cómo se lo habían arrancado... Pero sobre todo cómo podían estar criando a esa criatura aquellos dementes. Aquél bebé que cada noche, en sus sueños provocados por somníferos, oía llorar desconsoladamente. Su bebé...


Vean la estupenda ilustración AQUÍ.
Gracias una vez más, Roger.

jueves, 24 de agosto de 2006

Profesiones fantásticas III: Putos modernos

Versión píldora:


Miró hacia ambos lados para asegurarse que nadie le había visto escribir "PUTOS MODERNOS" con un rotulador negro en el banco de la plaza. Sonrió orgulloso de su proeza, su pequeña ruptura de la legalidad, por la excitación de lo prohibido. Y luego contempló su obra con la satisfacción de haber hecho lo que debía.

Se ajustó las gafas de pasta negras a la nariz, se colocó bien la boina y, arrebujándose en su abrigo de tweed y su larga bufanda a rayas, encaminó sus pasos (calzados con zapatillas japonesas) hacia su destino tarareando el último éxito de Los Planetas.


Versión larga:


Estoy harto de todo esto, creo que voy a dejarlo.

Dijeron que me escogieron por mi profesión de ilustrador, porque creyeron que era adecuada para el puesto, que podría ganarme fácilmente con este segundo empleo por horas un importante sobresueldo y además ser invitado a los locales y restaurantes más in de la ciudad, a las exposiciones de la gente que HAY QUE CONOCER. Creí que no me quitaría mucho tiempo y sería bueno para mi trabajo, para hacer contactos, para entablar relación con gente interesante, para moverme en los círculos convenientes. Sé que soy bueno en lo que hago pero sin alguien que te ayude (sin enchufes) dicen que hoy en día no eres nadie. Y tienen razón.

Dijeron que también es bueno para la ciudad, que la hace más cosmopolita, más cultural y artística, que la hace interesante para marchantes, inversores, empresarios y turistas, que con mi pequeña aportación estaba contribuyendo a mejorarla, incluso a hacerla más receptiva a mi arte... Todos salíamos ganando: la ciudad, yo mismo, los dueños de restaurantes de diseño y japoneses, los cines en V.O., los escritores y editores de libros minoritarios, las tiendas de moda underground... No lo entendí demasiado bien al principio y recelé de que encima fueran a pagarme por semejante estupidez, desconfié, creí que no era posible. Pero salí del C.C.C.B. (Centro Cosmopolita de Contratación de Brigadas) con un jugoso cheque adelanto en la mano ("Para que te compres El Uniforme, la ropa y complementos adecuados que te indicamos, en las direcciones que te proporcionamos en la Guía de Orientación...") y con la sensación de haber firmado un negocio redondo. Sólo tenía que cambiarme las gafas, vestirme y peinarme como ellos querían, hacerme un weblog, comprarme una bici plegable, actuar un poco según las premisas que me daban y frecuentar los lugares indicados. A mi salario se añadían cenas en restaurantes, pases para museos, estrenos, conciertos y clubs.

Más tarde descubrí que la mayor parte del cheque adelanto se esfumó en El Uniforme (aquella ropa era carísima) y que aquél trabajo era una pesadilla. Poco a poco fue afectando a mi salud mental y ya no por tener que ver aburridísimas películas iranís subtituladas, ni por tener que estar al día en cuanto a moda, ni por llevar bajo el brazo libros que apenas entendía, ni por ir a conciertos que nadie escuchaba o mirar cuadros que por mucho que los mirara seguían siendo garabatos, sino por la gente de la que me veía obligado a rodearme. Eran la vacuidad hecha persona, egoístas, pagados de sí mismos, completamente intrascendentes en su supuesta trascendentalidad. Siempre con ese aire bohemio falsamente pedante. Si intentaba profundizar en una conversación con alguno de ellos sobre algún tema que presumían conocer acababa descubriendo que más allá de sus opiniones de manual no había nada. Y siempre eran los mismos en los mismos círculos. Me cansaron enseguida esas miradas por encima del hombro a los empleados sin un “gracias” o un “por favor”, esos gustos estándard, esas opiniones tan homogéneas que hacían pensar que o bien se ponían de acuerdo o alguien pensaba por ellos. Y lo peor de todo es que se suponía que mi trabajo era ser como ellos...

No podían ser de verdad, tenían que estar fingiendo. Se me ocurrió que si yo tenía ese empleo quizá también ellos estaban en la misma Brigada, quizá también estaban recibiendo un salario por ser modernos y ayudar a la ciudad a serlo. Tenía que averiguarlo, necesitaba saber que aquello no era real. Como en el C.C.C.B. me dijeron que mi empleo, como es lógico, era absolutamente confidencial y que podía perder el sueldo y tener que devolver el adelanto de manera fulminante si me descubrían, traté de hacer mis pesquisas discretamente. Intentaba cazar una mirada de comprensión, un gesto que contradijera la opinión del grupo. Casi nunca había nada digno de atención salvo alguna distracción de alguno de ellos que aún no había leído lo que estaba de moda o algún inoportuno bostezo fortuito que siempre era justificado con un “No, si a mí esta película me encanta, pero como ayer estuve bailando en un club hasta las tantas...”

Hoy mismo voy a decirles que lo dejo, que no es para mí, que yo no puedo con esto, que soy un pobre autónomo que no está a la moda y que seguiré pobre y autónomo pero seré auténtico, que esta gente no hay quien la soporte...

De camino al C.C.C.B. para entregar mi baja voluntaria leo por casualidad en uno de esos periódicos gratuitos que ahora lo que está de moda es no estar a la moda y odiar todo lo moderno. Lo lanzo a la papelera asqueado. ¡Putos modernos!

miércoles, 2 de agosto de 2006

Así conocí a Lovecraft...

Hace algunos años, en uno de los maravillosos, enriquecedores, prolíficos y tristemente extintos foros de la desaparecida cyberdark.net alguien abrió un post preguntando "¿Cómo conocistéis a Lovecraft?". En vez de contestar dónde o cómo llegué a leer el primer relato de este autor se me ocurrió escribir una historietilla jugando con el título del post. No es nada del otro mundo y lo escribí sobre la marcha (aunque voy haciendo pequeñas modificaciones cada vez que lo leo, no lo puedo evitar) pero ahora que estoy con su narrativa completa ha llegado el momento de rescatar esta historia, mi humilde y torpe homenaje al maestro del terror sin forma.



Está bien, de acuerdo, lo explicaré...

Hasta este momento lo había mantenido en secreto, ni siquiera mis más allegados sabían esto que vais a leer...

Conocí a Lovecraft un atardecer de marzo, hace ya bastantes años. Me había quedado sin empleo por ser consecuente con mis principios (cosa que os aconsejo que no hagáis si queréis tener una vida próspera); así que decidí que, para mi cumpleaños, como recompensa, me haría un regalo: un viaje a Providence.

El tren me había vomitado sin contemplaciones en la desértica estación así que allí estaba, en la húmeda y neblinosa ciudad de Rhode Island, arrastrando mi maleta sin rumbo y buscando un hotel donde alojarme.

La noche cayó como un sudario, calándome la humedad hasta los huesos. Un búho ululó en un árbol cercano cuyas ramas se recortaban dramáticamente contra el cielo rojizo de un atardecer apocalíptico y un escalofrío me estremeció y me erizó el vello de la nuca.

La avenida por la que caminaba estaba desierta. A mi izquierda se alzaba orgullosa y decadente una mansión victoriana cuya época de gloria y esplendor hacía decenios que pasó y a mi derecha se extendía lo que parecía ser un bosque o un parque. Ni siquiera se me ocurrió la posibilidad de que fuese un cementerio.

Me alegré al escuchar a lo lejos una voz femenina. Al menos no estaba sola. Sonaba apagada por la niebla, pero procedía sin duda alguna del parque. "¡Hooooward!", llamaba.

Decidí dirigirme hacia la señora para que me indicara dónde estaba el pintoresco Hotel Palace, junto al Jane Brown Memorial Hospital que, según mi guía turística, era tan fácil de encontrar.

Al acercarme la humedad se volvió más intensa y las lápidas me permitieron cerciorarme que estaba en un camposanto. El aire empezó a oler como huelen las cosas oscuras y ancestrales, como huele el moho más recóndito de la más recóndita y húmeda cueva, y me hizo pensar en engendros escamosos y repulsivos, en ojos que acechan en la oscuridad y en secretos demasiado profundos y terribles paa ser revelados. La señora que gritaba iba vestida con ropas de hace cien años. Pero ella parecía no verme, buscaba y llamaba a alguien: "¡Hoooooward!", repetía como una cantinela. Algo profundo y agónico se escondía en ese grito.

Me asusté tanto que eché a correr abandonando mi maleta. No paré hasta que me quedé sin aliento. Entre resuellos casi me entraron ganas de reír. No podía haber visto un fantasma. Seguramente existía una explicación totalmente racional para lo que acababa de presenciar.

Cuando me calmé y decidí comportarme como una adulta e ir a recuperar mi maleta descubrí que no estaba sola. Había un joven de mi edad, delgado, pálido y de aspecto enfermizo, escribiendo sentado a la luz de una farola. Me acerqué dos pasos para preguntarle por el hotel y él levantó la mirada.

- ¿Sonia...? -murmuró con una mirada de reconocimiento- No le habrás dicho a mi madre que estoy aquí, ¿verdad que no, querida?

Se me secó la boca, no pude articular palabra. Apenas un tímido "no". Había un brillo poderoso y magnético en su mirada. No sabría decir si era de locura o de excitación. Ni se me ocurrió decirle que no me llamaba Sonia y que no le conocía.

- Shhh...

Me hizo una señal para que no hiciese ruido y luego palmeó el banco indicándome que me sentase a su lado. No pude desobedecer.

- Sabe que no me gusta que me molesten mientras trabajo, sabe que me gusta pasear de noche... -sólo pude mirarle y parpadear, estaba como hipnotizada. Me sonrió, una sonrisa oscura y apenas esbozada, más en sus ojos como océanos que en sus finos labios, y prosiguió-. No estoy loco. Ella sí lo está. No creas nada de lo que te digan. Esto es para ti, mi amor, me lo acaban de enviar de la imprenta.

Sacó del bolsillo de su gabán un libro con tapas de cuero negro y letras doradas y me lo entregó: "La llamada de Cthulhu", de H. P. Lovecraft. No recuerdo si le di las gracias.

Él continuó escribiendo y yo pensé, empezando a salir de mi catalepsia, que lo mejor era marcharme en busca de mi maleta. "Buena suerte", murmuré a modo de despedida. No sé si me escuchó pero no contestó, seguía enfrascado en la escritura, hundido completamente en su libreta de notas, completamente ajeno al mundo, sumergido en otra galaxia, en otra dimensión, y feliz de estar donde estaba.

Al llegar a donde había dejado tiradas todas mis posesiones la niebla se había levantado y, al girar a la izquierda una calle, me di de bruces con el hotel donde tenía hecha la reserva. al llegar a la habitación un pesado y desacostumbrado sueño se apoderó de mí y sin ducharme ni quitarme la ropa caí rendida en la cama.

Me despertó el servicio de habitaciones, que traía el desayuno y un periódico local. Al abrirlo con curiosidad descubrí una gran efemérides que ocupaba la primera página: "Hace 60 años, el 15 de marzo de 1937, falleció en nuestra ciudad el natural de Providence y mundialmente conocido escritor Howard Phillips Lovecraft".

Me levanté de un salto, pensando que la noche anterior había tenido una pesadilla horrible. Sin embargo, junto a mi maleta, estaba aquel librito de cuero negro que me había dado el desconocido que me llamó Sonia. Y al abrirlo no sólo vi la dedicatoria, "Para Sonia Green, con amor. Howard", sino también que era una edición de "La llamada de Cthulhu" de 1928 en perfecto estado. Como recién salida de la imprenta.

jueves, 30 de marzo de 2006

En el bosque

Nota el sol intenso a través de los párpados. Es una sensación agradable, como recibir un beso suave y tibio en ellos. Luego el hormigueo de ese beso se extiende por todo su cuerpo y, sin abrir los ojos, se da cuenta de que está tumbada desnuda al sol. No sabe cómo llegó allí pero recuerda cuando vivía con sus padres y subía a la terraza a broncearse tal y como vino al mundo. Le encantaba sentir el sol calentando todo su cuerpo, desde la punta rosada del dedo meñique de su pie a su rubia cabeza cubierta por un pañuelo. Sentirlo tocar suavemente, como un amante dulce, sus pechos de pezones desafiantes, la hilera de vello casi albino en su plano vientre, su pubis rasurado de muñeca y sus nalgas redondas cuando se colocaba de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas. Más de una vez se excitó tanto que acabó acariciándose y masturbándose bajo el cielo azul. Algún vecino curioso o algún piloto de avioneta debió perder el norte mientras ella se retorcía de placer. La misma placidez embriagadora, amodorrante y sensual que sentía ahora.

Antes de incorporarse y abrir los ojos ya olió el césped y la tierra húmeda. Cuando dejó de ver manchas blancas y reflejos provocados por el sol y consiguió enfocar la vista se dio cuenta de que estaba en lo que parecía el claro de un bosque, sobre una tosca manta a cuadros de las que se suelen llevar en el maletero del coche. Manchas blancuzcas de sexo reciente. Casi podía sentir aún el palpitar de un miembro erecto en su interior. Tenía pinaza, barro y hojas secas enganchadas en las manos, los brazos y el pelo. Las uñas rotas, tierra y sangre seca. Se levantó y había rascaduras en sus piernas y todo su cuerpo desnudo estaba súcio. Se tocó la cabeza, descubrió una herida importante, se habría dado un golpe y la sangre parecía venir de allí. No le dolía nada. La hemorragia se había detenido. No conseguía recordar nada...

¿Un accidente? Pero no había ningún coche... Miró a su alrededor por si el escenario le daba alguna pista. Botellas rotas, algunas tumbadas, algunas a medias. Alguien había vomitado allí al lado, ahora le llegaba ese horrible olor ágrio. Distinguió su vestido rasgado y con los botones arrancados hecho un trapo en el suelo. Quizá una de sus fiestas alcohólicas y psicotrópicas había acabado mal, no era la primera vez que se despertaba sin tener ni idea de qué había pasado. ¿Pero cómo había llegado allí? ¿Con quién? Otra sesión de sexo animal al límite con no importa quién, amenizada con sustancias ilegales de la que se despertaba sola y perdida...

Se cubrió un poco con la manta y hechó a andar entre los árboles hacia donde creyó que podía haber mundo civilizado. Pasada la pequeña zona boscosa había una subida hacia lo que podía ser una cuneta. Se armó de valor y empezó a ascender.

Al llegar arriba descubrió que, efectivamente, había llegado a una carretera. Miró hacia ambos lados y el primer coche que se acercaba frenó de manera violenta a pocos metros de ella. Dio dos pasos hacia él pero no pudo acercarse más porque el conductor aceleró violentamente y se marchó a toda velocidad mirando por el retrovisor, como alma que lleva el diablo.

Ella sonrió levemente al pensar en la leyenda urbana de la chica de la curva y que el tío se debía haber cagado de miedo. Se miró los pies descalzos, dejó caer la manta y la sonrisa se heló en sus labios.


Woman in forest por Gregory Crow

jueves, 9 de marzo de 2006

Depósito vacío

Cuando le conocí éramos aún adolescentes, y ya era el típico tipo que suele gustar a las mujeres. No era muy guapo pero sí alto, atlético, con un rostro de rasgos marcados agradablemente masculino, boca grande y nariz generosa. Pero sobre todo, y ahí estaba la clave de su atractivo, sabía hablar y sabía resultar misterioso. Para un tío tímido como yo era admirable ver cómo conseguía siempre a la mujer que quería, como si conociera los secretos mecanismos femeninos a la perfección.

A la mayoría de chicas les volvía locas su actitud de tipo duro, de hombre de mundo que está de vuelta de todo y sus insinuaciones sobre un pasado oscuro (por lo que yo sabía inexistente) del que prefería no hablar. Eso las estimulaba, estimulaba el juego de la seducción para el que él tenía las cartas marcadas. Usaba su nada despreciable imaginación para engancharlas en sus redes, para mantenerlas interesadas y fascinadas sin que jamás llegaran a descubrir quién era realmente. Cuando se cansaba desaparecía para siempre sin dar explicaciones y ellas se quedaban preguntándose qué había ido mal, qué demonios había sucedido.

Cuando crecimos un poco y él siguió con los mismos trucos dejé de envidiarle por su éxito y comprendí que su actitud, que siempre me había parecido ya terriblemente impostada, debía esconder miles de miedos e inseguridades personales.

Era un perdedor profesional. Solía jactarse de sus propios fracasos, se regodeaba con ellos como un avaro que cuenta sus monedas de oro. Me hablab de montones de proyectos y de asuntos interesantes que se traía entre manos pero que nunca acababan de materializarse como él quería: sus canciones, su novela, su grupo de música, su película, su guión, sus viajes, su lienzo en blanco... Decía que él iba a ser famoso, iba a ser admirado, iba a ser una estrella. Aunque aún no supiera muy bien cómo. Quizá bromeaba, o se mentía a sí mismo o se creía sus propias mentiras. Daba la impresión de que trataba desesperadamente de no ser un tipo normal y corriente. Creo qe hasta lemolestaba reconocer que se ganaba la vida trabajando de dependiente en una tienda defotografía, de telefonista, vendiendo enciclopedias o cualquiera de los miles de empleos que había tenido. Él era especial, tenía que serlo, y la gente especial no tiene trabajos comunes.

La noche que me lo encontré, después de bastantes años sin vernos, me sorprendió su aspecto taciturno. Mi chica había perdido el tren y tardaría bastante en acudir a nuestra cita, así que le saludé, me senté a su lado en la barra, le invité a un copa y me dispuse a estrechar lazos y a ponerme al día y hablar de los viejos tiempos. Mi "¿Qué tal va eso?" obtuvo una mirada sombría y silencio por respuesta. Vestía su disfraz de perdedor, se veía a la legua, y aunque le conocía y sabía que raramente hablaba de sí mismo o de sus sentimientos, le dije que quizá le ayudaría explicarme sus penas.

- Es un poco largo... -objetó.
- Tengo tiempo -le invité con una sonrisa franca.

Me miró directamete a los ojos, hizo una mueca como de dolor y cuando empezó a hablar y a contarme su historia fue cuando me di cuenta de que estaba completamente borracho.

- Conocí a una chica muy atractiva. Era realmente preciosa: con un cuerpo perfecto, una piel blanca de seda, una cara de muñeca y una boca hecha para el placer. Salimos un paro tres veces y se notaba que estaba loca por mí... -dio un trago a su bebida y tomó aire sin dejar de mirar al vacío con ojos de pez muerto- Se parecía a... ¿sabes esa actriz francesa...? No importa. La fui a buscar un find e semana por sorpresa y le dije "Nena, haz la maleta". Estaba emocionada como una escolar en día de excursión. No sé dónde creía que iba a llevarla, yo sólo tenía reservado un apartamento con piscina, sólo eso, sólo mi Leaving Las Vegas particular. Pero ya sabes cómos e ponen las mujeres con las sorpresas...

Bebió otro trago y vi cómo sonreía irónicamente, quizá por un chiste personal que yo no podía pillar. O más bien sólo su típica imitación de Humphrey Bogart. Le conocía cuando aún estaba perfeccionando ese gesto. Esperé y continuó con la misma voz monótona, como carente de toda emoción.

Llevávamos unas dos horas viajando y yo estaba feliz por el simple hecho de conducir por paisajes desérticos con la música a todo volumen. Miré la señal de nivel de combustible y supe que algo iba mal porque nos e había movido ni un milímetro desde que salimos. Golpeé el salpicadero y, de repente, la aguja saltó a cero. La luz de aviso debía estar fundida también. Maldije furiosamente. La chica me miró sin entender. No me podía creer mi mala suerte. Y las estaciones de servicio nunca están cuando las necesitas, ¿verdad? ¡Qué estúpido por no haber comprobado el depósito antes de salir! Nos quedamos tirados en la cuneta en una carretera en medio de la nada por la que apenas pasaban cinco coches al día...

Hizo una larga pausa, como buscando las palabras adecuadas para continuar, frunciendo el ceño de manera que su rostro, habitualmente de aspecto juvenil, se llenaba de arrugas. Intuí que por fin iba entender por qué me estaba explicando todo aquello.

- Me enfurecí, estaba fuera de mí. Salí y le di patadas a los neumáticos -siguió sin mirarme, prestando extrema atención a los hielos de su vaso, y yo me imaginé su Kowalski de Un tranvía llamado deseo, su James Dean sin causa-. Estaba oscureciendo. Ella estaba como asustada, sin atreverse a decir nada, con ojos de hámster. De repente, sin razón, la odié profundamente, tuve ganas de matarla, deseé que no estuviera allí sentada en el asiento de acompañante, con su ligero vestido floreado de putita, sus sandalias de tacón, sus labios pintados de rojo... La odié con todo mi ser pero me odié aún más a mí mismo. Tenía que irme de allí. Cogí una linterna y un bidón vacío del maletero, le di las aves y le dije casi sin mirarla que volvería con gasolina. Seguro que no le gustaba la idea de quedarse allí sola pero tampoco debía estar dispuesta a acompañarme porque no protestó. Mejor. Sentía una náusea que me enfermaba, que memareaba, que me perlaba la espalda de sudor frío en la cálida noche. No me sentí un poco mejor hasta que no me alejé.

Se acabó la bebida y el silencio se prolongó demasiado.

- ¿La encontraste? -me miró como si acabara de despertar de un sueño, sin entender mi pregunta-. ¿Encontraste la gasolina?

- No... De hecho no volví a buscar el coche hasta pasados tres días. Caminé toda la noche sin rumbo, sonámbulo, pensando, pero la gasolina, el coche o la chica ya no importaban para mí. A mí me recogió un camionero al amanecer. Ella me llamó preocupada. Yo ya la había borrado de mi cabeza, me asqueaba. Me dijo que la encontró una patrulla de policía durmiendo en el coche y la llevaron a casa, que llamó a todos los hospitales dando mi descripción, que era un cabrón por no avisarla de que estaba bien... Se enfadó mucho, me dejó las llaves del coche en el buzón. No la culpo. No quería volver a verla más.

Lo miré tratando comprender. Cuando habló de nuevo su voz temblaba levemente, parecía un niño perdido a punto de echarse a llorar.

- Sabes que siempre he querido ser libre, que odio que algo y, sobre todo alguien, me impida hacer en todo momento lo que quiero. Sabes que odio el compromiso, las ataduras emocionales. Las relaciones no son para mí, nunca lo han sido... -Asentí y se levantó tambaleándose, agarrándose al taburete.- Tengo que irme, estoy borracho. Gracias por la copa. Y por escuchar, eres un amigo. Hasta la vista.

Asentí de nuevo y acabé el último trago alzando el vaso a su salud. Cuando ya se marchaba pareció recordar algo, se giró y preguntó:

- ¿Cómo se llama tu...?
- ¿Mary?
- Eso, tu Mary... Cuídala. Te envidio. ¿Qué se siente? ¿Cómo es? ¿Es tan maravilloso como parece?
- Es aún mejor, deberías probarlo.

Le sonreí con cariño y él me miró con ojos tristes de perro abandonado. No supe qué más podía decirle. Se alejó, el llanero solitario cabalgando hacia el sol poniente.

miércoles, 1 de febrero de 2006

Puertas que se cierran

Jamás quemé los puentes al huir. Siempre consuela ver puertas abiertas tras de ti, aunque te asuste lo que ves al girarte. Aunque en ese momento pienses que no querrás volver nunca.

Quizá lo hice tarde y mal. Me llevaron los demonios, me desmoronaron toda, me arrojaron al abismo y contra todos. Me despedacé contra las rocas de mi locura. Y tras estirarme y encogerme cientos de veces me quedé sin forma que recuperar. Y tuve que inventarme toda de nuevo. Y mirarme al espejo y volver a ver unos ojos arrasados por el agua, y una boca tras la mueca, y el pelo rojo irritado, y piernas para correr y unos brazos ansiando ser asidos y unas manos rebosantes de caricias. Y poner una sonrisa allí y una nueva esperanza allá. Y mirar el interior de mis muñecas, de venas azuladas, sin sarcasmo. Tardé pero quizá era el tiempo que necesitaba, boqueando como un pez fuera del agua. Desprenderse de una piel para volver a ser la misma, o para superar a la anterior yo.

Y al volver a las puertas las encuentro tapiadas por la incomprensión y el rencor. Los puentes cuelgan apenas de sus asideros mostrando que antaño hubo un paso allí.


DOOR, Cyntia Greig

Y me quedo llorando, luchando contra cerrojos más fuertes que la amistad y el tiempo, contra cerrojos que no aceptan perdones. Y me siento a pensar bajo un cielo de dedos que me señalan y de miradas aviesas. ¿Qué hacer cuando las básculas señalan "demasiada grasa" y cuando las personas en las que creías te defraudan o dicen que tú les defraudaste a ellas y cuando te giran la espalda y te dejan fuera?

Rasco un poquito la puerta. Cantos de melancolía. Rasco otro poco, gimiendo. ¡Perro malo! Molesto, molesto, molesto... Culpable, culpable, culpable... Vuelan palabras afiladas y cargadas de odio y no puedo soportarlo, no quiero soportarlo. ¿Vale la pena? Nunca me ha gustado estar donde no se me quiere.

Adiós, adiós, adiós...

miércoles, 7 de diciembre de 2005

La mujer de sus sueños

Desde el primer momento en que la vio algo saltó en su interior y supo que sería la mujer de sus sueños. Llevaba un larguísimo abrigo negro envolviendo por completo su espigada figura y las manos hundidas en los bolsillos. Su cara delgada y expresiva sobresalía por encima de la bufanda y estaba enmarcada por unos rebeldes rizos rojizos. Daba saltitos para quitarse el frío mientras esperaba el tren en el andén. Era la mujer más hermosa que había visto nunca.

Sonrió de soslayo y con comprensión cuando a él, con su torpeza habitual, se le cayó la carpeta llena de apuntes. Algunos se esparcieron por el suelo y un folio fue a volar hasta sus pies, grandes, dentro de unas botas militares. Se acercó y ella se agachó a recogerlo y se lo entregó con una dulce sonrisa sólo para él (que hizo que se removieran unas mariposas en su estómago) y con lo que creyó la voz de un ángel le dijo:

- Éste casi consigue escapar...

Él le miró la mano que le tendía. Y las uñas, arregladas y no muy largas. Y se imaginó cómo serían al arañar su espalda, siendo arrastrada por la pasión. La imaginó desnuda, delgada, con sus largas piernas rodeándole, de veintre plano y pechos pequeños pero hermosos. Imaginó su cuerpo esbelto retorciéndose de placer, su voz al oído, pidiendo más y jadeando. Ese pensamiento, irremediablemente, le provocó una erección y la erección le hizo ponerse colorado como un tomate. Rió tontamente mientras cogía el folio y medio tartamudeó un "gracias".

Esas imágenes iluminaron su vida durante semanas. Durante meses. Durante años.

Llegaba a casa por las noches, se ponía los auriculares con su compacto favorito y se masturbaba en la oscuridad de su habitación pensando en ella.

Muchos años después (dos carreras, unas oposiciones a forense provincial y un matrimonio frustrado después, para ser más exactos) esperaba con impaciencia en la sala de autopsias la llegada de una sargento de policía, que venía con la víctima de un accidente de moto. Todos los compañeros le habían comentado lo buena que estaba. Y por allí se veía a pocas mujeres. Pocas que aún respirasen. Ése era un viejo chiste de forenses.

Definitivamente la sargento sólo era un par de tetas enormes unidas a una mujer más bien vulgar y poco interesante. Jamás le habían gustado las mujeres desbordadas como aquella. Le parecían poco femeninas, avasalladoras con sus pectorales desmesurados, como grandes matronas de la antigua unión soviética. Y tenía pinta de ser una cabrona también, con aquella cara de estreñida, dando órdenes a los camilleros, diciéndole a él que se diera prisa, que se quedara esa noche a hacer horas extras porque necesitaba el informe para ayer.

Habían dejado al motorista sobre la mesa, cubierto con una sábana, en medio de la fría sala con olor a formol. A éste no le ha salvado el casco, pensó. Cuando lo destapó casi se muere al ver su cara. Era una chica, con una cara delgada que debió ser expresiva enmarcada por unos rebeldes rizos rojizos. A pesar de los años transcurridos la reconoció. Le miró las manos y sus preciosas uñas redondeadas, pintadas de rojo amapola. Era tan hermosa como cuando la vio la primera vez en el andén. Y volvió a imaginarla pero esta vez sobre él, con las manos apoyadas sobre su pecho, cabalgándole, con el pelo alborotado y sus tetas saltando al ritmo de las embestidas. Ese pensamiento, irremediablemente, le provocó una erección.

Como era tarde y casi no quedaba nadie se encerró, la desnudó y la poseyó allí mismo, sobre la mesa de autopsias.

Después lloró un buen rato en silencio y al llegar a su casa se pegó un tiro en la cabeza con el revólver que guardaba en la mesita de noche.

lunes, 28 de noviembre de 2005

Here I Am


Aquí estoy.
Con mi terror a sentirme sola.
Con mi pelo rojo, mis manos y mis pies grandes (sólo son sexy si eres Uma Thurman).
Con mi odiada nariz y mi boca propensa a la sonrisa.
Con mis estrías, mis pechos pequeños, mi mancha en el trasero con forma de continente (aún desconocido).
Con mis miedos, mis monstruos, mis fantasmas.
Con mi tremendo apetito (por la comida, por el sexo, por la vida...).
Con mis "uh-hum", mis canturreos y mis manías.
Con mis dudas, con mis historias, con mis lágrimas.
Con la losa de saber que el amor de verdad puede no durar para siempre.
Con dos amigas como dos soles.
Con algunos amigos tristemente perdidos en el camino... (creo).
Con un gran amor encontrado (cuando ya no tenía esperanza).
Con mi nuevo par de alas.
Con mis principios inquebrantables.
Con mi música, mis películas, mis libros, mis cómics.
Con mis cuatro canas.
Con mi móvil que no funciona.
Con mi terquedad, mi sueño ligero y mis pies fríos.
Con mi terrible manera de juzgarme a mí misma, mi "no sirves para nada".
Con mis uñas recién pintadas.
Con mi libreta de los secretos y mi blog (no tan secreto).
Con mi pereza, mis locuras y mis dramas.
Con deseos, sueños, incertidumbres.
Y la puta costumbre de darle vueltas a todo.


Mañana tendré que cambiar la edad del perfil...

sábado, 12 de noviembre de 2005

Els teus silencis / Tus silencios


Bill Brandt, East Sussex, 1957


Pensava en els silencis...

De vegades es diu més amb un silenci que amb paraules. De vegades els silencis són tan importants com les paraules. Què no diem i per què. Quan callem, com callem, per què callem. Si és perquè no volem parlar. O perquè no sabem què dir. O simplement perquè preferim mantindre el silenci.

Un silenci pot ser tan bell com una paraula d'amor. Pot estremir i pot colpir, pot fer-nos sentir tan bé com un petó, ens pot abraçar, pot venir acompanyat d'un somriure comprensiu, d'una mirada dolça...

Tu m'has fet descobrir el valor dels silencis. Dels teus silencis. Dels nostres silencis.

Jo abans pensava que quan dos persones estan juntes els silencis s'han d'evitar. Parlotejava tota la estona per cobrir els teus silencis, no els escoltava. Pensava que eren incòmodes, que el silenci ens separava, que ens distanciava, i que jo havia d'anar deixant paraules dansant en l'aire per mantenir la comunicació, per seguir conectada a tu. Pretenia ser el que no sóc, una xerraira que no calla, per tapar el fet que ets silenciós de vegades. I ara sé que m'agrada que ho siguis.

Ara he apres a llegir-los, a apreciar-los, a estimar-me els teus silencis. Ara els escolto, els paladejo i els entenc. Formen part de tu. I els silencis que de vegades compartim els dos formen part de la manera com estem junts.

I amb un silenci em saps dir que m'estimes tant com jo pugui cridar-ho d'aqui a la lluna.

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Pensaba en los silencios...

A veces decimos más con un silencio que con palabras. A veces los silencios son tan importantes como las palabras. Qué no decimos y por qué. Cuándo callamos, cómo callamos, por qué callamos. Si es porque no queremos hablar. O porque no sabemos qué decir. O simplemente porque queremos prolongar el silencio.

Un silencio puede ser tan bello como una palabra de amor. Puede estremecer y emocionar, puede hacernos sentir tan bien como un beso, nos puede abrazar, puede venir acompañado de una sonrisa comprensiva, de una mirada dulce...

Tú me has hecho descubrir el valor de los silencios. De tus silencios. De nuestros silencios.

Antes pensaba que cuando dos personas están juntas los silencios se deben evitar. Parloteaba todo el rato para cubrir tus silencios, no los escuchaba. Pensaba que eran incómodos, que el silencio nos separaba, que nos distanciaba y que yo tenía que ir dejando palabras bailando en el aire para mantener la comunicación, para seguir conectada a ti. Pretendía ser lo que no soy, una charlatana que no se calla, para tapar el hecho de que eres silencioso a veces. Y ahora sé que me gusta que lo seas.

Ahora he aprendido a leerlos, a apreciarlos, a amar tus silencios. Ahora los escucho, los paladeo y los entiendo. Forman parte de ti. Y los silencios que a veces compartimos los dos forman parte de la manera en la que estamos juntos.

Y con un silencio me sabes decir que me amas tanto como yo pueda gritarlo de aquí a la luna.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Un mal día...


Death
por Chris Bachalo

A veces te levantas con el pie izquierdo.
O se te cruza un gato negro.
O una mariposa aletea en el sitio apropiado
y produce pequeños terremotos en tu interior.
Algo está intentando decirme alguien...

No puedo pensar en el futuro
sin que me aprese el puto presente.
Pegada
al suelo
no puedo volar.
Huir lejos...

Y siempre me digo:
si no te gusta, sólo cámbialo.
Y sobre el papel parece tan fácil...

A veces algo se rompe dentro
y aparecen todas las cosas
que deberías hacer y no haces.
Y te sientes un perro perdido
bajo la llúvia.

Delirium por Greg Spalenka

Ojalá lloviera
porque así tendría,
al menos, alguna razón para llorar...
Quiero oír la canción más triste
y abrir todas las compuertas
para poder empezar a nadar.

Cuando estás de rodillas
estás más cerca del suelo,
todo es más cercano...
Y es más fácil levantarse
y empezar la vida que quieres
y no la que tienes.

Siempre que sepas
exactamente
cómo escapar,
qué es lo que quieres.

miércoles, 12 de octubre de 2005

Escritura terapéutica para enfrentarse al pasado

Ahora ya casi no te guardo rencor. Ya no. Entiendo lo que hiciste, entiendo quizá el por qué. Ahora, si pienso en todo lo que ha pasado, sólo me siento profundamente decepcionada.

Cuando por fin he entendido que el porqué que siempre te pedí (no pedí mucho más), que esa razón aparentemente inexistente, que me impedía entenderlo y aceptarlo, quizá sólo fue que se te acabó el amor, que dejaste de quererme; cuando por fin he entendido eso, me sigue decepcionando tu actitud ante el problema. No sé cómo habría reaccionado yo. La verdad es que alguna vez me había planteado lo horrible que sería si, sin saber cómo, hubiese dejado de quererte y la relación se hubiese roto por mi culpa, lo terríblemente culpable que me sentiría. En eso te compadezco. Pero creo que yo habría sido más sincera, brutalmente sincera, si lo prefieres. Casi tuve que perseguirte e instarte para que me dijeras "ya no te quiero". Y eso es cruel. Después de más de seis meses de luchar yo sola para salvar algo que aún no creía perdido. Seis meses o más de lágrimas, de esperanzas rotas, de ilusiones vanas, de no querer rendirme pese a las evidencias... Si no me lo dijiste antes para evitarme dolor creo que te equivocaste. Si fue porque no lo tenías claro fue una falta de consideración. Sabías que te esperaba, aún sin palabras te esperaba... Y sabías que no eran sólo palabras cuando dije que de mí tendrías lo que quisieras. Y esperé, esperé y esperé cuando ya no había nada que esperar... pero no podía esperar para siempre. Mi vida, como la tuya, tenía que seguir sin ti.

Me decepcionó tu actitud al saber que estaba con alguien y me decepciona tu actitud de ahora, tras tanto decir que seguiríamos siendo amigos, que mantendríamos el contacto, que yo había sido la persona más importante en tu vida y que era impensable que algún día no nos habláramos. ¿No te da vergüenza? Si ahora ocurre precisamente eso es porque tú lo has querido. ¿Tienes tus razones? Sea como sea es muy egoísta. Quizá con el tiempo, podamos ser amigos como dijimos (al menos yo lo dije sinceramente) pero parece cada vez más difícil. Si prefieres perderme de vista para siempre allá tú. Tus palabras de entonces resuenan como mentiras. Vuelvo a repetir lo que, en un inusitado arranque de autoestima impropio de mí, ya te dije por teléfono: si no me quieres en tu vida, tú te lo pierdes. Ya no te necesito. Me ha costado mucho tiempo y mucho dolor poder decir eso. No más.

Ahora ya sé que el amor se puede acabar, que el tuyo se extinguió como una vela. Da miedo. Te doy las gracias por ese miedo y esa decepción. También te doy las gracias por tantas cosas buenas que vivimos juntos a lo largo de más de siete años. Ahora los veo como años de formación y ahora veo que, en muchos aspectos, nuestra relación no era tan madura como creíamos. Gracias a que acabó ahora sé que puede ser aún mejor, con alguien que se entrega por completo como yo.

Ya tienes tu libertad, ya tienes tu nueva vida, la que querías, la que tú has escogido. Y dices que no eres feliz. No me gusta esa actitud derrotista, no te queda bien. Parece que creas que nunca vas a poder amar a alguien de nuevo como me amaste a mí. Yo también lo pensé al principio pero, ahora lo sé, estaba totalmente equivocada. Ojalá tú también puedas darte cuenta del error. Deseo que seas feliz como yo lo soy ahora. Solo o junto a alguien, como lo prefieras.

Esta no es una carta de disculpa, no creo que tenga que pedir perdón por nada. Si el tiempo volviera atrás actuaría exactamente igual, de principio a fin. Me siento orgullosa de cómo me he comportado, de actuar siempre llevada por el corazón, de ser sincera hasta la médula, de haber luchado por amor. Tampoco es una carta de reproche, ya te dije todo lo que tenía que decirte, ya te lo dirás tú mismo con el tiempo, espero. Ni siquiera vas a leer nunca esta carta porque, a pesar de las apariencias, no va dirigida a ti, sinó a mí misma, a mi propia consciencia. Es, quizá, la última carta que te escriba, que me escriba respecto a ti.

Feliz nueva vida.
Feliz cumpleaños, Xoán.

¡Hasta siempre o hasta nunca!

domingo, 9 de octubre de 2005

En el andén

Cada día hacía el mismo recorrido en tren. Cada día lo veía sentado en su silla de ruedas, tomando el agradable sol de la mañana. Cada día él sonreía al ver pasar el tren y, con la confianza que le daba que él no tuviera ni idea de su existencia, lo miraba y sonreía también.

Al principio no le dio demasiada importancia, pero cada día esperaba con especial emoción aquél momento, aquél cruce de sonrisas ignorante la una de la otra. Y los días se sucedían como páginas en blanco del trabajo a casa y de casa al trabajo, y, poco a poco, el único aliciente de su vida fue verlo sonreír en el andén cada mañana desde el tren.

De pronto una mañana de primavera él ya no estaba. Y pasaron días y semanas en los que buscó cada día con la mirada en el sitio donde solía estar pero ya no lo vio más allí. Así que lo dejó todo (trabajo, familia, amigos) y dedicó su vida a buscarle. El amor es extraño a veces...

Tardó más de un año en encontrarle. Empezó buscándole por las calles cercanas a la estación, después en el barrio, en la ciudad y en el país entero. Preguntó a jefes de estación, porteros, dependientas, barrenderos y abogados, ayuntamientos y hospitales. Pero los datos que podía dar no eran muy precisos (solemos ser un nombre, un número, un domicilio, no una sonrisa) y sólo obtenía por respuesta encogimientos de hombros y miradas esquivas. Al final fue la casualidad, causante de las peores y de las mejores cosas, la que hizo que se encontraran. La vida es extraña a veces...

Nunca se había planteado qué le diría cuando estuvieran cara a cara. Era difícil explicar lo que sentía por él, lo que había hecho que su loca búsqueda fuese la razónd e su existencia. Por supuesto había imaginado infinidad de veces el encuentro pero nunca había palabras, sólo un cruce de sonrisas y la comprensión instantánea. En sus sueños, después de ese momento, ya nunca se separaban e iban juntos a pasear, ella empujando felizmente su silla, respirando con placer el aire limpio y fresco de la mañana, atendiendo solícita sus peticiones. Iba a cuidar de él siempre...

Cuando lo vio por azar en una céntrica cafetería las cosas no sucedieron como había imaginado. Estaba asomado a la barandilla de la terraza, en la segunda planta del establecimiento, mirando a la gente pasar. Al reconocerlo comenzó a esbozar la más grande de las sonrisas pero se le heló en los labios al comprobar que él estaba de pie. Se sostenía sobre sus piernas, ni rastro de la silla de ruedas. Un gesto de dolor imposible de describir se dibujó en su cara cuando por fin comprendió.

Subió al segundo piso con grandes zancadas, se plantó frente a él y le miró con ira. Incomprensiblemente ella esperaba excusas, esperaba explicaciones. En cambio él sonrió abierta y amablemente a aquella mujer de expresión furiosa a la que era la primera vez que veía en su vida. Esa sonrisa fue la que desató su furia, el último tirón que rompió el fino hilo que la unía a la cordura. Se abalanzó sobre él y lo empujó hacia la barandilla con un gruñido animal, arrojándolo al vacío. Fue sencillo: la baranda no era muy alta y ella tenía la fuerza que da una ilusión vivida durante más de un año y destrozada en menos de un minuto.

Y mientras lo veía precipitarse, como a cámara lenta, todo cobró de golpe una extraña lógica demente, un nuevo sentido. Se le ocurrió que quizá así él volvería a su silla de ruedas y ella podría pasearle, respirando el aire limpio y fresco de la mañana, y cuidar de él siempre...

El amor es extraño a veces.

19/12/2000

sábado, 8 de octubre de 2005

Microcuento


Despair, Dave McKean

El Rey pidió a sus Sabios una única cosa que le hiciera feliz cuando estuviera triste pero que, al mismo tiempo, le produjera tristeza cuando fuera feliz.

Los Sabios se reunieron durante varios días y regresaron con un anillo que llevaba un mensaje grabado: "Ésto También Pasará"...

lunes, 26 de septiembre de 2005

Taburete, barra y pato.

La inspiración no siempre es una musa dócil y sumisa que aparece para acariciarnos con sus dulces dedos. A veces es una truhana traicionera que no se deja ver, una usurera, una meretriz a la que hay que encadenar, forzar, torturar y sodomizar para que nos mire siquiera con desprecio.

Cuando era pequeña le pedía a mi padre que me contara un cuento antes de dormir. Yo le decía un animal o dos (adoraba, y aún adoro, a todos los bichos, hasta quería ser veterinaria) y él, como por arte de mágia, me contaba un cuento recién inventado y siempre diferente en el que salían esos animales.

La técnica adaptada que uso ahora es simple pero efectiva (a veces). Consiste en pedir a alguien que me diga tres palabras: las primeras que se le ocurran, sin que tengan que estar relacionadas entre sí, tres palabras al azar. Y con ellas yo tengo que tejer una historia. Basta con que aparezcan en mi texto, no hace falta que sean elemento principal ni parte básica del relato, del cuentito o de lo que surja. De esta manera suelo escribir historias bastante mediocres (eso dependerá de la calidad de la escritora) pero así ejercito mi neurona autista y relaciono palabras de un modo curioso, que siempre da alguna sorpresa. Y, de vez en cuando, consigo algún resultado interesante. En algunas ocasiones las palabras ni siquiera llegan a aparecer en el texto porque las olvido una vez empiezo a escribir, sólo sirven como resorte para inventar algo. En el ejemplo que sigue no busquen al "pato" del título porque no está. Esa palabra, "pato", sirvió para hacerme pensar en una señora mayor que llevaba una camisa o una blusa o un pañuelo con un pato bordado. Luego olvidé ese detalle a medida que escribía y el pato en la blusa de la señora fue lo de menos...

Cada día llegaba a la misma hora de la tarde y se sentaba en el mismo taburete (a poder ser, siempre que ningún borracho de turno lo hubiese ocupado ya), junto al expositor de tapas, delante de la cafetera, en la barra. Entraba arrastrando sus diminutos pies enfundados en zapatillas de felpa, tanto en verano como en invierno, e inundando el bar con su olor particular: una mezcla de naftalina, jabón casero y colonia barata (esencia de lilas, limón y algo almizclado). Olía como deben oler las abuelas bondadosas que reciben a sus nietos con chocolate deshecho y galletas recién sacadas del horno. Sólo que ella nunta tendrá nietos porque ella nunca tuvo hijos...

Pedía un café con leche muy caliente (con poco café y sacarina) y se quedaba allí, en silencio, dando sorbitos a la taza y escuchando las conversaciones y mirando a los clientes con expresión ausente. Esa tarde se fijó especialmente en el chico que estaba solo tomando una cerveza en la mesa del rincón del fondo. Tenía una libreta y anotaba cosas en ella. Quizá dibujaba algo. Volvió a su café con leche y fantaseó con la idea de que era joven y hermosa y que un joven como aquél la miraba con devoción y quizá la dibujaba desnuda. No recordaba la última vez que alguien la miró con amor. Añoraba tanto un abrazo cálido, una palabra amable... Estaba tan sola que venía al café para ver a gente reír, hablar, vivir. Aunque la ignorasen como a un trasto viejo, aunque no riesen con ella ni la hiciesen nunca partícipe de sus conversaciones. Suspiró y acabó su café con leche.

Como siempre, se dirigió a los aseos antes de irse. Al pasar junto al joven de la libreta lo oyó blsfemas enfurecido por algo y pensó que la juventud cada vez hablaba peor. Y al volver del baño se fijó mejor en él y en lo que estaba haciendo y se quedó clavada en el sitio. ¡Era ella! ¡La había dibujado a ella! Y ahora la estaba sombreando con una especie de pincel, como si acariciase su dibujo con amor. Sonrió como hacía tiempo que no lo hacía y sus ojos se iluminaron. Se acercó al joven que la miraba sorprendido y, mirando primero el dibujo, y luego directamente a sus ojos, esbozó un "gracias" tan inmenso y alegre como pueda voz humana expresar.

Él no supo qué decir y jamás entendió, tras verla marchar, cómo había iluminado una vida.

Tengo la suerte de tener un ilustrador dispuesto a acompañar mis intentos de relatos con sus preciosos dibujos inspirados en ellos. Gracias, Roger, por la Moleskine, por tus dibujos, por el impulso que me has dado para escribir, por ayudarme con el blog, por estar ahí siempre... Gracias por todo y más.

Si aún no lo habéis hecho visitad su web. Ya tardáis...

Pretty Hate Machine


Bill Brandt: Campden Hill, London, 1949

Demasiado alta, demasiado delgada, demasiado directa, demasiado sincera, demasiado borde... No tienes suficiente talento, no eres lo suficientemente lista, no lo suficientemente hermosa ni atractiva. No tienes suerte, no sabes sacarte partido. Cállate, a nadie le importa, no creas que eres ingeniosa o interesante. No sabes nada, eres vulgar y les aburres. Triste, loca, desquiciada, pesimista, autodestructiva, depresiva, vaga, inútil...

¡Basta!
Hoy voy a destrozar mi propia máquina de odiarme...

miércoles, 21 de septiembre de 2005

Metamorfosis


© Man Ray
Shhhhhhh...
No digas nada, no mires nada, no escuches nada...
Respira. Respira y empápate de este momento.
Huélelo en el aire que me rodea.
Noto caer las barreras lentamente, mi piel se desgrana para ti, se desliza a los lados de mi cuerpo como un traje demasiado usado.
Fíjate que debajo de mí había otra yo clamando por salir. Y yo soy la primera sorprendida cuando surjo, resplandeciente, oliendo a nuevo y aún por estrenar, temblando al mundo. Y te encuentro justo en el momento adecuado, justo en el sitio adecuado. Y me miras y me veo en tus ojos como siempre he querido ser, como quizá ya soy.
Y debajo de ti también hay otro tú que está brotando precisamente ahora. Y nos entrelazamos lentamente y luego desaparece el Tiempo.
Shhhhhh...
¿Puede haber algo más hermoso?

¿Proverbio Chino?













Tienes que vivir como si no hubiese un mañana,
amar como si nunca te hubiesen herido

y bailar como si no te mirara nadie.

martes, 20 de septiembre de 2005

El ángel


Bajo el anochecer inmenso iba el ángel

arrojado del Edén nativo.
Absorto su cuerpo aún desnudo,
frío ante la brusca y negra tristeza.
Sus alas, antes candor erguido,
a la espalda pesaban sordamente.
Se buscaba a sí mismo.
Pretendía olvidarse a sí mismo
Arrastraba dos lentas soledades:
su soledad de nuevo, la del amor caído.
Al fin sabes cómo ha muerto la luz,
mientras vas recordando, deseando,
y te pesa el deseo recordado.
Fuerza quisieras para alzar nuevamente
con fango, lágrimas, odio, injusticia,
la imagen del amor hasta el cielo,
la imagen de la amor en la luz pura.
Pero fracasarás.
Te perderás en la tierra injusta,
en la eterna soledad que tú mismo creaste.
Tu camino: bocas de mentira, palabras de hielo.
Voces giran y resuenan con encanto marchito
en tus oídos, recuerdos pálidos de un amor perdido.
Muerdes tus puños con tristeza impotente.
Mueve tu mano el aire que derriba pobres paraísos.
Trémulo, transparente,
te quedaste sobre el viento...
Un ángel de vídrio sobre un espejo.
¡Oh, ángel con grandes alas de cadenas!


No es mío. Y sí lo es. Es mío y de una de mis mejores amigas pero tampoco es sólo nuestro. Lo escribimos hace muchos años como una especie de monstruo de Frankenstein uniendo versos nuestros a un recosido de versos de diferentes poemas, de diferentes poetas, intentando darle un sentido unitario.

¡Qué difícil es volver a creer en el amor cuando alguien te lo ha pisoteado!

Yo era demasiado joven, aún no sabía qué era el amor de verdad cuando lo escribimos pero, aún después de tantos años, sigue pareciéndome acertado. Acertado no porque diga una verdad cierta (¿existe alguna universal?) sinó porque describe exactamente cómo se siente alguien tras una ruptura o desengaño amoroso. En realidad creo que está impregnado de una desesperanza que no es cierta más que en esos momentos. Porque el ángel no se queda ahí al final de la historia. Igual que es seguro que, tras las perdices, seguramente Blancanieves y el Príncipe necesitaron consejero matrimonial, también es seguro que el ángel no es gilipollas, no se queda ahí lamiéndose las heridas sinó que se levanta y rehace su vida y confía en sí mismo y alza sus alas y vuela.

Si no me creéis: ¡mirad mis nuevas alas!

La fotografía que he escogido ("Woman Once a Bird", 1990) pertenece al fotógrafo estadounidense Joel-Peter Witkin, un artista que me fascinó desde que lo descubrí en mis clases de Estética y al que creo que mi amado Dave Mc Kean le debe mucho. Sus obras poseen una extraña y fascinante hermosa fealdad. Es un autor peculiar. Adjunto el ruego que lanzaba en internet:

Una atenta súplica de Joel-Peter Witkin:

Los conocedores saben que mi obra está basada en la necesidad de crear imágenes de amor y redención. La mayoría de mis obras se realizan en colaboración con personas (la fuente) que conocen a individuos verdaderamente únicos que estén dispuestos a ser fotografiados. Yo le doy a "la fuente" de la fotografía resultante una imagen de regalo. El o la modelo pueden recibir su pago ya sea en efectivo o recibir también una fotografía de regalo.

Estoy buscando a una mujer ciega entre los 20 y los 40 años de edad, razonablemente atractiva, a quien pueda fotografiar desnuda. Deberá notarse que ambos ojos no están bien y no ven.

También estoy buscando una mujer atractiva entre los 20 y los 40 que no tenga brazos.

Estoy dispuesto a viajar a cualquier parte del mundo.

Joel-Peter Witkin