La madrugada del viernes me despierto de repente a eso de las cinco y, con un sobresalto, empiezo a respirar hondo, asustada. Un sudor frío me recorre el cuerpo.
No, no acababa de tener una pesadilla. Era un sueño hermoso. Y eso es lo que me espantó.
Jamás en mi vida he tenido instinto maternal. Ni siquiera de pequeña tuve nunca carritos de pasear bebés- muñeco ni nada parecido. Prefería vagabundear con mis primos ("hasta que se enciendan las farolas") subirme a los árboles y volver a destrozarme los pantalones, previamente parcheados por mi madre, jugando al patinete (nada de skate, eso es para modernos, entonces teníamos patinete, ni siquiera monopatín). Ya de más mayor jugué con la Barbie, que era súper moderna, tenía caballo y Corvette y más ropa que yo, y era lo menos maternal que puede ser una muñeca.
Jamás antes había soñado que tenía un hijo, al menos que yo recuerde. Ni siquiera un hijo ya mayor al que acompañaba al colegio, ni un hijo con cinco años, ni con veinte ni con uno. Jamás. Y jamás de los jamases había soñado que estaba dando a luz a un bebé como me pasó el viernes. Pero, para colmo, no era un sueño angustiante, doloroso o traumático. Me sentía plena, feliz, ansiosa por ver su cara pequeña y arrugada (¿qué niño recién nacido es guapo?). Estaba con las contracciones y todo ese rollo que explican en las películas, el futuro padre a mi lado, cogiéndome la mano y sonriéndome orgulloso y, cuando estaba naciendo esa cosa rosada, era el momento más hermoso y emotivo que pueda describir...
Y ahí desperté. Y nada más pensar en lo que acababa de soñar me espanté. Menudas pasadas nos juega el subconsciente, amigas. Definitivamente no ha llegado aún mi momento de ser madre. Pero ese sueño se ha encargado de recordarme que voy a cumplir 29 en unos días.
Se lo cuento a R. por la mañana, porque el sábado habíamos planeado ver la ciudad de Girona, y ya tenemos chiste asegurado para unas semanas. Bromea con que mi reloj biológico está sonando ya desesperadamente y que él no quiere saber nada de calentar biberones y cambiar pañales. Al menos el niño/a era suyo, le digo, y no del butanero...
¿Cómo pensar siquiera en cuidar de un ser tan indefenso cuando aún no he aprendido ni a cuidar de mí misma?
El barrio judío de Girona me fascina y consigo olvidarme un poco de mi sueño-pesadilla. Es una ciudad preciosa llena de rincones encantadores. Hace un frío de mil demonios cuando se pone el sol pero es un placer pasear por las callejuelas retorcidas y por los puentes sobre el río, con todas las luces de la ciudad reflejándose en el agua. Si entrecierro los ojos el mundo se vuelve un caleidoscopio de brillos y colores.
Es domingo a mediodía y volvemos a estar invitados a una comida extraña en casa de J. con un montón de gente desconocida. Otra bizarre barbacue, como he pensado bautizarlas. Esta vez hay gente nueva: además del francés y del venezolano músico- posador artístico, hay una pareja catalana y una chica (todos bailan salsa con el anfitrión) y otra chica, venezolana también, que baila salsa y canta en una coral moderna (son, salsa, merengue, etc.). Ésta última (que es de Caracas pero tiene a toda la familia en Barquisimeto, nombre que me recuerda a un pelirrojo) nos prepara unas arepas que creo que quedan crudas por dentro por falta de tiempo en el horno (la carne ya estaba). Después de comer entramos dentro a tomar el café y el músico (que resulta que se llama Lenin) agarra una guitarra y él y la chica venezolana se ponen a cantar cosas que no había oído en mi vida pero que deben ser populares de donde vienen. Canciones sobre amores y desamores que escucho un tanto ajena mientras bebo mi café. He tomado demasiado vino y, si cantaran algo que conociera, incluso participaría en el recital. Me limito a hacer la segunda voz cuando, inesperadamente, ella toca "More than words". En el estado de desinhibición en el que estoy me animaría a pedirles algo que conozca para cantar yo sola si no fuera porque no quiero cortarles el rollo emotivo- nostálgico. Me entero de que la banda venezolana "Sentimiento Muerto" estuvo hasta nominada a un premio MTV... La chica me dice que soy una soprano, que tengo una voz sorprendente, y me pregunta si he cantado clásico en algún coro. Sonrío avergonzada y le respondo que sólo canto en la ducha y no vuelvo a abrir la boca. Nos vamos y, sin darme cuenta, canturreo todo el rato, como siempre hago. Creo que a R. no le molesta. Odiaba que mi anterior pareja no soportase oírme cantar porque me encanta hacerlo y tenía que reprimir ese instinto natural...
Es lunes por la mañana y estoy sola en una casa que no es la mía. La gata de R. me ha adoptado o me ha acogido a su servicio. Está dormida sobre mis piernas cuando miro los foros de Riff- fanzine y descubro que bAIthrO ha abierto un topic sobre tener hijos. Casi me da un pasmo.
Por la tarde, en clase, descubro que el cacharro con varillas para batir claras en catalán se llama, además de batedor, también enganyamarits (literalmente "engañamaridos") y me pregunto cómo demonios se puede engañar a un marido con eso. Mientras sigue la clase empiezo a imaginarme utilidades eróticas del instrumento sin que ninguna acabe de ser del todo satisfactoria. Desde ahora miraré los instrumentos de cocina de otra manera.
Por el momento, de eso de tener hijos, lo que más me gusta es el modo como se fabrican. El método tradicional y artesano, claro.