Mi blog se ha mudado! Redireccionando…

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miércoles, 14 de febrero de 2007

Mudanzas

Esta vez de hospedaje virtual.
Esto no va, se acabó mi paciencia.
Me encontrarán en:

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viernes, 2 de febrero de 2007

Rechazo

Después de tanto predicar las bondades de blogger (que, dicha sea la verdad, no falla tanto como la coctelera o como bitácoras), va y me traiciona de forma estrepitosa.

Joseph Carey Merrick (sí, el famoso Hombre Elefante de la película de David Lynch) debe estar maldito. La entrada que intento escribir sobre él parece negarse a aparecer en este blog. Vale, de acuerdo: desisto.

Veremos si también blogger insiste en rechazar mi otra entrada sobre Freaks de Tod Browning...

Ahora precisamente que tengo tiempo para escribir, para presentarme a concursos, para coger práctica en esto de usar la tableta gráfica en lugar del ratón, para redondear el guión del cómic que tenemos a medias...

jueves, 11 de enero de 2007

Una de payasos

Cuando era pequeña no me daban miedo los payasos.

Veía a Los payasos de la tele y hasta creo que tenía alguna de sus cintas de canciones. Pero también veía Candy Candy o el programa de Torrebruno (D.E.P.), y tenía cintas de Teresa Rabal y de Enrique y Ana, lo cual no dice mucho a favor de mi criterio por aquél entonces. Bueno, era pequeña, ¿qué queréis?

Sin embargo fue leer It de Stephen King y empezar a temerlos. Nunca me hicieron demasiada gracia aunque no les temía en el circo las pocas veces que mis padres me llevaron. Pero después de leer y de ver a Pennywise (me refiero a este de la izquierda, no al grupo de California), el Payaso Bailarín, en la versión telefilm los payasos de ese tipo me dan bastante repelús. De hecho Pennywise se parece bastante a Ronald McDonald y a éste último tampoco puedo verlo ni en pintura.

Parece que no es nada raro y que, en general, los payasos provocan tanta o más aversión que simpatía. Incluso existe un nombre específico para el miedo irracional y enfermizo a los payasos: coulrofobia. A los niños suelen asustarles los disfraces en general (vean las lágrimas de muchos cuando sus padres los sientan a la fuerza sobre las rodillas de un Rey Mago o de un Papá Noel) y además el maquillaje de los clowns, que deforma y exagera ciertos rasgos faciales, a muchos les aterroriza por parecerles deformidades nada cómicas. Para rematarlo su comportamiento extraño, delirante e ilógico roza la locura o psicopatías maníacas...

Sólo piensen por un segundo cuántos payasos malvados existen a lo largo de la historia, real o imaginaria además del ya mencionado de It... Piensen por ejemplo en John Wayne Gancy, el famoso asesino en serie apodado "The Killer Clown", quien confesó haber matado a 33 hombres y niños (el más joven de 9 años y el mayor de 20) y haberlos enterrado bajo su casa. Trabajaba en fiestas infantiles vestido como Pogo El Payaso. Durante su tiempo en prisión pintaba al óleo caras de payasos (uno de ellos fue comprado por GG Allin y aparece en una portada de uno de sus discos) y afirmaba sardónicamente "A clown can get away with murder." Murió asesinado por el Estado de Illinois en mayo de 1994 mediante una inyección letal. Nunca expresó remordimientos y sus últimas palabras fueron "You can kiss my ass". Su examen psicológico y el análisis post- mortem de su cerebro eran aparentemente normales.

O piensen en el archienemigo del también bastante trastornado psicológicamente y oscuro héroe de cómics Batman. El Jocker, un antiguo ingeniero químico trastornado tras la muerte de su mujer y del futuro hijo que esperaban y cuya cara sufrió terribles deformaciones tras quemarse con productos químicos, se convirtió en un demonio del mal y en la pesadilla de Bruce Wayne...


Jocker en "La broma asesina", por Brian Bolland.

Y ya no hablemos de los muchos grupos y músicos que han adoptado el look de "evil clowns" como seña de identidad. Ojo, que no me refiero a los que salen al escenario y hacen el payaso, de esos aún hay más.

Sin embargo afortunadamente todos los payasos no son así de terribles. También hay payasos que no dan miedo, payasos adorables... Aunque no siempre lleven la cara pintada... Y es que la genialidad de estos payasos está en retrotaernos a nuestra inocente infancia cuando el mundo entero era una sorpresa, en hacernos volver a los sentimientos primarios y puros, en revelarnos la estupidez de lo que nos rodea. Buster Keaton, Charles Chaplin, los Hermanos Marx, los Monty Python... y muchos otros.

Y esos payasos la mayoría de las veces son más tristes que divertidos, más revolucionarios que amables.

Ah, por alguna razón el llanto de un payaso siempre nos remueve profundamente el alma. El aullido de Charlie Rivel le hizo famoso y se convirtió en parte característica de su número, junto a su silla y su guitarra.

Una de las anécdotas mas entrañables es precisamente el origen de ese aullido. Charlie se disponía a empezar su actuación en la pista del circo pero un niño asustado lloraba desesperadamente y el público estaba más pendiente de él que del payaso. Así que Charlie se acercó para tratar de calmarlo pero sólo consiguió que el niño llorara con más fuerza. Rivel entonces se retiró hacia el centro de la pista y empezó a aullar, a llorar desconsoladamente, solidariamente: "¡¡¡Aaaauuuuuuuu!!!" El niño se calló en el acto, sorprendido al descubrir que aquel ser extraño que lo había asustado al principio sufría y se expresaba en su mismo lenguaje. Cuando Charlie, aún lloroso, se acercó de nuevo al niño éste se sacó de la boca el chupete y se lo tendió al cómico en un acto de solidaridad. El llanto de Rivel se transformó en una tierna sonrisa y el publico arrancó en aplausos. El payaso aceptó el ofrecimiento del niño y hoy en día aquel chupete histórico se conserva entre las vitrinas del Museo Charlie Rivel de Cubelles.

Un verdadero monumento a lo que un auténtico payaso significa.


miércoles, 10 de enero de 2007

La trágica historia de Julia Pastrana

Julia Pastrana (1834- 1860) es uno de los casos más tristes y con final más lamentable de entre los fenómenos de circo denominados "mujer barbuda", "mujer- oso" o "mujer- simio". Esta india mexicana nació con la enfermedad denominada síndrome de hirsutismo con fibromatosis gingival (aunque algunas fuentes de las que me fío menos -léase wikipedia- indican que era hipertricosis universal congénita o Síndrome de Ambras). De resultas de esto medía apenas 137 centímetros de altura, todo su cuerpo estaba cubierto de abundante pelo negro, su mandíbula era inusualmente prominente (prognatismo facial), sus encías presentaban una hipertrofia que las llenaba de bultos y sus enormes e irregulares dientes se apilaban y retorcían en dos hileras.

Trabajó como empleada del hogar para una autoridad mexicana hasta que un hombre sin escrúpulos la descubrió cuando contaba con 20 años. Él era Theodore Lent, un empresario artístico que la hizo entrar en el mundo del entretenimiento, eufemismo para decir que la convirtió en un gran fenómeno de circo, y la exhibió por toda la región y por Estados Unidos como "El Híbrido Maravilloso", "La mujer más fea del mundo" o "La mujer oso". El médico neoyorquino Alexander B. Mott llegó a opinar: “Es uno de los más extraordinarios seres de los tiempos recientes, un híbrido entre humano y orangután”. Está claro que la ignorancia es increíblemente osada.

En 1854 Lent se casó con ella y así, además de en funciones masivas, pudo hacer pases privados para mostrar a su esposa a cambio de entrada en el propio salón de casa. Quienes la trataron afirman que era una mujer dulce, educada y extremadamente inteligente que amaba la lectura y que hablaba y escribía tres lenguas. Quizá aceptó ser un fenómeno circense como precio por abandonar la extrema pobreza de sus orígenes y por ver mundo. Quizá sabía que por su naturaleza era la única opción.

Lent la dejó embarazada y vendió entradas para el parto que se produjo en marzo de 1860, estando de gira en Moscú. Dio a luz a un niño que heredó sus características físicas pero que, debido a dificultades en el parto, apenas sobrevivió tres días. Ella murió tras dos días más de agonía, que su marido también amortizó económicamente.

Pero Lent no dio por acabado el tour: contactó con el profesor Sokoloff, y mandó momificar el cuerpo de Julia y del bebé recién nacido (aunque fue más bien un trabajo de taxidermia). Luego vistió a su difunta esposa como a una danzarina rusa y la colocó junto a su hijo muerto en una vitrina que siguió mostrando por todo el mundo a todo el que estuviera dispuesto a pagar.

Lent encontró al poco tiempo a otra mujer barbuda y se casó con ella, continuando con su negocio. Los días del empresario acabaron en una institución mental después de que en 1880 perdiera el juicio.

Las momias de Julia y su hijo siguieron su triste perregrinar, cambiando varias veces de manos. Fueron mostradas en Oslo por otro empresario noruego hasta que el gobierno de ese país prohibió su exhibición pública. Las momias fueron robadas en dos ocasiones y cuando fueron recuperadas en 1979 a ella le faltaba un brazo y ambos cuerpos habían sido parcialmente comidos por las ratas. Lo último que se sabe es que en 1990 estaban almacenadas en el sótano del Instituto Forense de Oslo.

martes, 2 de enero de 2007

Carnivàle

El circo llega a la ciudad...

Con el año nuevo, con el aniversario del día que R. me preguntó si quería que fuéramos a vivir juntos (así empezó el 2006 para mí y aquí estamos, viviendo juntos un año después), ha llegado a mis manos una serie que ya se ha colocado en mi lista de absolutas favoritas, en el Olimpo de las series, junto a The Sopranos, Six Feet Under y Northern Exposure. Llegó a mí por casualidad, sin haber oído hablar de ella, pero con excelentes referencias de un gemeloso amigo cinéfago con cuyo criterio suelo coincidir y en el cual confío plenamente.

Se trata de Carnivàle, una impresionante serie de cuidada producción, brillantes guiones y tremendos personajes que la HBO decidió cancelar tras su segunda temporada por su altísimo coste y su baja audiencia. La historia seguía las vidas de los integrantes de un peculiarísimo Circo por un lado y del padre Justin por otro y pretendía enmarcarse en los años de la depresión en Estados Unidos, comenzando en 1930 y acabando en 1945, pero apenas pudo empezar a desarrollar su argumento. Cuando la cadena ofreció a su creador, Daniel Knauf, rematar la serie con una telemovie, él rechazó la idea al considerar que dos horas no eran suficientes para acabar lo que había empezado. Otra brillante obra inacabada.


En sólo un día (el uno de enero, ese día que comes a las cinco de la tarde y que apenas existe en los calendarios) engullimos seis capítulos del tirón, totalmente enganchados. Y hoy dos más. No es para menos...

No puedo decir más que es sorprendente y brillante, que es descarnada e inteligente, que habla de la magia y del bien y del mal, de la luz y las sombras, de los dioses y los demonios, de justicia y de vileza, de fuerzas que están más allá de nuestra comprensión y de poderes fabulosos y aterradores al mismo tiempo. Cada uno de los personajes es fascinante en sí mismo, cada uno posee una historia oscura por descubrir y éstas se cruzan y se enmarcan en una época y en un ambiente entre decadente y admirable.

Ah, llegó el circo, el carnaval de rarezas y de historias fabulosas. Pasen y vean. Abran bien los ojos a los fenómenos que van a ofrecernos. Vean a la mujer barbuda, al hombre serpiente, a las hermosas y exóticas bailarinas, a la domadora de serpientes, al hombre diminuto, a las hermanas unidas por la cadera, al gigante y al forzudo. Vayan a que la adivinadora les lea su futuro en las cartas del tarot. O quizá prefieran ver su presente. O su pasado si es que pueden enfrentarse a él...

Michael Knauf, el guionista de esta extinta serie que como otros cerebros se ha pasado al mundo del cómic (Straczynski o Joss Whedon) podría estar rumiando la idea de finalizar su obra inconclusa en este otro medio. Esperemos que así sea para que, por lo menos, saber cómo acaba todo.

Siempre me ha embobado ese ambiente decadente de los circos de rarezas, y la magia y el simbolismo que hay en las cartas y en las historias bíblicas. En esta serie hay alusiones a todo ello. No, esta serie va de todo ello.

De modo que en homenaje a Carnivàle he decidido dedicar unas cuantas entradas de este blog al circo. No el de los elefantes, los equilibristas y los payasos. Nada de Cirque du Soleil ni cosas asépticas, artísticas y hermosas por ese estilo. Me interesa la parte oscura, lo que hay detrás del telón, las luces y el maquillaje festivo. Lo que sienten las siamesas cuando el público las mira entre asqueado e hipnotizado. Me interesa el llanto del clown o la vida de la pitonisa.

¡Que empiece el espectáculo!

domingo, 31 de diciembre de 2006

Adiós, 2006

No le podría pedir más a un año en el que todo lo que me ha ocurrido han sido cosas buenas.

Una amiga dice que los años impares siempre son mejores. Y aunque no esté de acuerdo y me parezca una estupidez éste que se nos acerca ya, pisándonos los talones, además de ser impar acaba en siete, un número que siempre me ha parecido mágico. Si va a ser aún mejor que el 2006 me va a traer muchas alegrías. Lo mismo os deseo a todos. A los que salís y a los que preferís quedaros en casa. A los que lo celebran en familia y a los que prefieren estar solos (los padres se suelen poner muy tontorrones en fin de año, pobres). Solteros, con pareja, con mascota o como quiera que estéis.

Que no se os atraganten las uvas.

Brindemos por obtener lo mejor del 2007.

Mañana, cuando despierte, sea la hora que sea, tendré varias cosas que celebrar...



P.S. Como deseo para el año que viene añado que por fin nos pongan la conexión adsl para poder colgar imágenes, actualizar el blog más a menudo y volver a la vida de internauta.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Inventario apresurado

Por si no tuviera bastante con mi dolor de espalda, mi atontamiento y mal humor matutino debido seguramente al Myolastan y todo lo derivado de tener la casa a medio montar llega el remate. A mi hermano, mi querido hermano, que decidió que se cambiaría de su habitación en casa de mis padres a la mía, que es más grande, le han entrado las prisas. Lleva 20 años en su habitación y ahora resulta que no puede esperar unos, ya no meses, sino semanas a que yo acabe de vaciar mis armarios repletos de cosas y les haga sitio a esas cosas en mi nuevo hogar.

De modo que, como parece que el niño es quien manda, me toca fastidiarme y meter a toda prisa mis pertenencias en cajas de cartón que ni siquiera sé dónde voy a colocar. Ale, llévate todo lo tuyo. Y que sea ya. Ahora mi antigua habitación en casa de mis padres (que cuando se instale mi hermano ya no será nunca más 2mi habitación) se parece según Roger a esos pisos de ancianos con síndrome de Diógenes (¿qué hizo el bueno de Diógenes para merecer que usaran su nombre para eso?).


Ya puse todos los libros en cajas. Y la mayor parte de la ropa. Ahora remueve a toda prisa recuerdos y decide, vamos, rápido, si quieres tirar ese juego de porcelana con el que servías el té a tus muñecas y ositos de peluche. Sonríe, pero rápido, al descubrir postales de todas partes que te han enviado amigos que una vez fueron de viaje, baraja la posibilidad de guardar o tirar a la bolsa de desechos los pequeños y ahora ya casi insignificantes recuerdos que aún guardaba relacionados con mi ex (una piedra, una conchas marinas de una playa de Galicia, un azucarillo de un bar, una colección de tazos de Pokémon que me regalaron sus sobrinos, el recuerdo de la boda de su hermano, billetes de tren...), sorpréndete de encontrar aún botes de colonia con marcas que recuerdan a la pre- adolescencia (como pueden observar en la foto sólo me falta Farala y "tu primera colonia... ¡Chispas!"). Y montones de libretas del instituto. En media libreta, Geografía. Y por detrás, en la otra media libreta, poemas, letras de canciones en inglés traducidas por mí, cuentecillos o pretensiosos y ruborizantes intentos prematuros de planificar mi primera novela a los 16 años que acababan casi siempre antes de las 20 o 30 páginas. ¿Cómo demonios voy a tirar eso a la basura? Es que soy incapaz...

Me cuesta tanto desprenderme de los recuerdos... Ya comenté en otra ocasión a raíz de la película Something Is Illuminated (que está en mi top ten del año, por cierto) que soy una coleccionista de cosas estúpidas relacionadas con personas, con instantes, con acontecimientos que quiero recordar. Es como si mediante esos pequeños fetiches pudiera vencer al tiempo y al olvido, hacer permanente lo que es eminentemente efímero. Como si intentara fijar con objetos mi memoria, que para algunas cosas es escasa.

Así, al destapar un frasco del perfume Poison, recuerdo las tardes en que me arreglaba primorosamente para ir a la discoteca con mis amigas, me ponía guapa (pero sin reconocerlo) por si aparecía el príncipe azul que me sacaría del pozo de mi depresión y mi sentimiento de incomprensión y odio hacia el mundo que me parecen ahora tan adolescentes.

Con los folletos del Camping Caravaning Riembau recuerdo mis vacaciones en Platja d' Aro. Hay un forfait de la primera vez que esquié en una excursión con el instituto. Y el mapa del metro de París de la primera vez que estuve allí. Dibujos a medias con mi hermano cuando aún hacíamos cosas juntos y cantábamos a dos voces la banda sonora de Aladdin de Disney. Y mi viejo casette y millones de cintas que seguramente nunca más escucharé pero que tampoco me siento con ganas de tirar. Al menos el Meccano enorme que regalaron a mi hermano y con el que nunca jugó va a servir para que Roger tenga por fin lo que de pequeño siempre pidió al Cagatió y nunca le trajeron.

¿Dónde voy a meter tanta basura inservible pero tremendamente cargada de significado en mi vida?

Quizá la solución sea tirar la mayor parte de esas cosas y convencerme a mí misma de que eso no va a hacer que todos esos recuerdos desaparezcan esfumados en la nada. Sin embargo de no ser por algunas de esas cosas que ni siquiera sabía que había guardado no habría recordado hoy muchos momentos. Si no fuera por algo tan cursi como la canción "Un mundo ideal" de Jasmin y el Príncipe no hubiera recordado que hubo un tiempo en que mi hermano y yo nos reíamos juntos. Si tuviera una lámpara maravillosa pediría que esos momentos no fueran parte del pasado.

Y una cápsula hoi-poi de las de la empresa del padre de Bulma en Dragonball para poder guardarlo todo.