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martes, 20 de junio de 2006

Ses Illes

Fin de semana balear. Corto, demasiado corto. Ha acabado justo cuando lo estaba disfrutando más. Una gozada.

Un sol endemoniado que por fin empieza a tostar mi piel y a convertirme en la chica de chocolate que era cuando de pequeña me pasaba el día en la playa. Me encanta estar morenita, me encuentro hasta guapa, cosa que no sucede a menudo.

Un baño tardío en la playa del Port de Pollença absolutamente irrepetible, de esos en los que fuera ya se pone el sol y hace frío y te gustaría permanecer para siempre en el agua. En una playa con algas, con mariposas y libélulas y con peces, de las que sorprenden a los urbanitas trsitemente acostumbrados a playas con colillas y bolsas de plástico.

Una boda sencilla y alegre en Manacor con toda mi ruidosa y follonera familia y los canapés más deliciosos que he probado nunca, eso sin hablar del solomillo Wellington. Mis primos siguen siendo tan majos como cuando éramos pequeños, cuando no nos separábamos nunca y jugábamos a Yaki y Nuca. Y ahora uno de ellos está casado, parece mentira...

Domigo en Palma con agotador paseo por la ciudad, encuentro fortuito con una procesión y relajante cena con velitas y Ron Amazona delante del mar como momento relajado y coronación del fin de semana.

Volveremos, seguro...


La vista de Palma mientras cenábamos, foto de Roger Tallada

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Diario de París: martes, 25 de octubre

Último día en París. No quiero volver. Me quedaría aquí toda la vida. ¿Por qué tiene que acabar tan pronto?

Hoy la misión era comprar regalos (uno de cumpleaños porque el sábado fue el de la madre de R.) y souvenirs. Yo me llevaré alguna botella de Burdeos y queso. Él, además del regalo, un pin, queso, vino y algo para su abuela.

Por la mañana nos dirigimos al 1ère. arrondissement. Se nos ocurre que quizá en un centro del consumo como son las galerías Lafayette encontraríamos algo para regalar a su madre. Y nada más entrar nos asalta el horror. Es como meterse en un Corte Inglés inmenso pero con más clase. R. se agobia a los dos minutos y yo intento mantener la calma para salvar el barco. Damos vueltas como ratoncillos desconcertados en un laberinto sin saber qué comprar. Estamos a punto de irnos sin nada pero al final escogemos la salida fácil y nos vamos con una bolsita cursi de Chanel (como las que Jean Philippe tiene en el baño de adorno) que contiene un paquetito pequeño y chic con un botecito de perfume Coco Chanel. Lo llevo yo, que hasta a mí me parece vergonzosamente cursi.

Entramos en una FNAC porque resulta que R. ha comprado ya un montón de cómics pero le falta precisamente el que en un principio buscaba: La théorie des gens seuls. Parece que todas las tiendas FNAC son exactamente iguales y eso es desconcertante: te hace olvidar que estás en otro país a menos que leas los cartelitos, que están en francés. La misma moqueta gris, los mismos chalecos verdes de los dependientes y cajeros (aunque estos me parecen más malhumorados que los de Barcelona), las mismas secciones, las mismas pilas de best-sellers (el diccionario pan-hispánico recomiendo usar el término "súper-ventas") en promoción... Pero al llegar al apartado de los cómics... (perdón, "bandes dessinées") ¡oh, sorpresa! Aquí ya se nota que no estamos en Barcelona, con su ínfima y triste sección. Aquí las BD ocupan, sin exagerar, tres pasillos enteros: hay montones de editoriales francesas, está ordenador por autor en cada editorial, hay gente hojeando y leyendo bd en cada pasillo, gente de todas las edades... Es inaudito. Nos miramos perplejos y maravillados antes de ponernos a rebuscar. Veo a una señora de unos 50 años llevarse un álbum de Monsieur Jean y no parece que sea para regalárselo a su sobrino. ¡Es para ella! Por supuesto que lo es. Aquí la gente lee bd, no piensan que son tebeos, que son libros con dibujos para niños... ¡Qué maravilla! No encontramos el libro y cuando le pregunto a la chica del chaleco verde por él nos dice que está agotado. Lástima...

Salimos en busca del número 14 del boulevard des Capucines. Según nuestra guía es donde estaba el Grand Café, y hay una placa que anuncia que allí, el 28 de diciembre de 1896, tuvieron lugar las primeras proyecciones públicas de fotografía animada por medio del cinematógrafo, aparato inventado por los hermanos Lumière (La sortie des usines). Nos cuesta encontrarla pero ya casi por amor propio lo conseguimos y nos hacemos una foto con ella.

Nos damos cuenta de que si volvemos al apartamento no tendremos tiempo de hacer las compras que nos faltan. Así que mejor buscar un restaurante donde comer algo o algún sitio donde comprar un bocadillo. En este barrio la opción mejor parece la última. Los restaurantes parecen muy caros (estamos en una zona turística y comercial) y vemos a los parisinos que salen de las oficinas comprar bocatas. Como nos apetece comer algo caliente decidimos ir en metro hasta Montmartre y buscar algo allí. Es tarde y los restaurantes que nos gustan allí son caros o están llenos. No nos decidimos y, para no perder más tiempo, acabamos comiendo una pizza en un sitio bastante corriente. También todas las pizzerías corrientes se parecen...

Nos dirigimos a la fromagerie donde habíamos comprado los quesos (no conocemos ninguna otra) pero está cerrada. Parece ser que no abren hasta las cuatro. Bien, vayamos primero a las cutre-tiendas 100% para guiris (esas seguro que no cierran) y luego volvemos. Sube, sube, sube escaleras. No me lo puedo creer: aquí también hay reaggeton (o como demonios se escriba ese "atun tun tun") supongo que porque las tiendas están regentadas por sudamericanos (que tampoco quiero decir que ser sudamericano signifique amar esa música del diablo).

Un dedal y un pin después volvemos a rue Lépic a comprar el queso. Estoy muerta de sed y paramos a beber en un rincocito que tiene un pequeño parque infantil (con una fuente diminuta). Al levantar la vista me fijo en la pared de baldosas, está toda repleta de pintadas. Es Le mur des je t'aime (La pared de los te quiero), en place des Abbesses. En su página web dice que pone "te quiero" en más de 300 lenguas diferentes. Era hermosa. Un buen presagio encontrarla por casualidad así. Localizo rápido el "te quiero". Pero no es la lengua en la que ahora lo siento. Es curioso que sólo adquiera pleno significado cuando está escrito en la lengua en la que se lo diríamos a la persona que ocupa nuestro corazón... Sigo buscando y lo encuentro. Me voy con una sonrisa en los labios. Lástima no habernos hecho una foto allí.

Junto a la tienda de quesos hay una pequeña tienda de bd que por fin encontramos abierta (la última vez nos cerraron prácticamente la puerta en los morros). Es nuestra última oportunidad de conseguir el cómic que buscamos. El dependiente no es muy simpático y nos dice que no le quedan ejemplares (así, secamente, sin acompañarlo de un "je suis desolé" ni nada). Desolados estábamos nosotros cuando, de repente, saca un ejemplar de algún lado y nos lo pone sobre el mostrador. ¡Aleluya!

Rápido, ahora los quesos, que aún tenemos que comprar los vinos y pan para hacer unos bocatas (el avión sale a las 22'15h), llegar al apartamento, arreglarlo, hacer los bocadillos, hacer las maletas... Y todo antes de las seis, hora a la que hemos quedado con Jean-Philippe para entregarle la llave y que nos devuelva el depósito (si lo cree oportuno). Empiezo a estresarme. Recuerdo perfectamente el montón de platos por lavar en la cocina. No vamos a tener tiempo, no vamos a tener tiempo...

Cuando llegamos a toda velocidad al apartamento me pongo nerviosa y estoy estresando también a R. Calma, calma... si nos ponemos los dos nerviosos va a ser aún peor. Nos repartimos el trabajo y él se pone a recoger el baño y el salón mientras yo friego platos ("tranquila o romperás alguno", me repito) y arreglo la cocina. Cuando acabo recojo lo que queda en la habitación y hacemos maletas. Justo estaba cerrando la de R. cuando llegó nuestro arrendatario. Da un vistazo concienzudo al apartamento, nos devuelve el depósito, nos despedimos y nos marchamos cargando con nuestras maletas y con una bolsa enorme del Intermarché llena de cosas.

Cogemos el metro hacia Porte Maillot. Las maletas pesan toneladas, sobre toda la de R. que va repleta de bd. Y al salir del metro nos metemos en una trampa. Debía serlo, una trampa para turistas, para que se queden atrapados en París cuando intentan marcharse, para que pierdan el autobús que va a Beauvais y el vuelo de Ryanair y tengan que quedarse una noche más en la ciudad, haciendo gasto hotelero. Sólo como una trampa puedo entender que una de las salidas del metro de Porte Maillot de a parar a una rotonda ajardinada, rodeada de tráfico por todos lados (el foso de los cocodrilos), sin salida y repleta de vagabundos alcoholizados (¿los cocodrilos?). Una plaza que, para colmo, no estaba asfaltada y tenía suelo de arena y piedrecillas: la mejor manera imaginable de dificultar el avance de una maleta con ruedas. Desesperados casi dimos la vuelta a la plaza buscando un inexistente paso de cebra o semáforo para salir de allí. Nos preocupaba perder el autobús. Me puse tan nerviosa y estaba tan enfadada con los urbanistas parisinos (con gran visión de negocio hotelero, sin duda) que, si hubiese estado sola, me hubiese sentado en el suelo o sobre mi maleta y me hubiese echado a llorar. Acumulación de tensión, supongo. Un chico (otra víctima más) nos preguntó cómo llegar a la estación de autobuses... ¡ojalá lo supiéramos! Por el suelo (como los esqueletos de anteriores víctimas de la trampa atrapa- turistas) se veían las marcas de más ruedas de maletas, impotentes ante tanta arena y piedras.

Con este panorama entré en un bucle y me hubiera pasado horas dando vueltas a la rotonda sin salida, hasta morir de cansancio o de inanición, tras ser atacada por los borrachos sin techo. Y mis huesos pelados (porque se llevarían toda mi ropa) quedarían allí, como advertencia a futuros turistas incautos. O quizá me acogerían y me uniría a ellos. Quizá todos ellos fueron turistas que quedaron allí atrapados y beben para olvidar sus antiguas vidas...

Afortunadamente no pasó nada de eso porque R. estaba allí y tuvo el buen juicio de decidir que volviéramos por donde habíamos venido y buscáramos otra salida en el subterráneo el metro. Casi discutimos porque yo quería seguir dando vueltas. Mi bucle me lo exigía. Pero manejó la situación con firmeza y nos salvó a ambos. Quedó demostrado, una vez más, que mi sentido de la orientación es nulo o está trastocado: siempre elijo la dirección contraria a la correcta.

Conseguimos dar con la estación de autobuses (siguiendo siempre la dirección contraria a la que yo elijo) y montamos dirección Beauvais. Ahora le tocó a R. pasar un mal rato por culpa del reloj adelantado del autobús. Tras haber tenido tantos problemas en sus vuelos aún tiene el trauma y se pasó todo el trayecto pensando que no llegaríamos a tiempo para embarcar las maletas, que perderíamos el vuelo por culpa de eso y un drama impresionante semejante al mío en la rotonda. Yo lo iba tranquilizando como podía, con el argumento de que íbamos en el autobús correcto y, por tanto, nos esperarían, que no podíamos llegar tarde, que no podían despegar sin una cincuentena de pasajeros.

Al llegar al aeropuerto caímos en el reloj adelantado del autobús y ya pudimos respirar tranquilos. Cuando llegamos no me pude fijar bien en el aeropuerto de Beauvais porque nos dejaron directamente en la terminal al lado de los autobuses. Esta vez sí pude hacerlo: donde estaba la puerta de embarque era una carpa, como una gran tienda de campaña, como las que monta Cruz Roja en caso de desastres o como las que tienen algunas discotecas. Una turbina de un avión mal orientada y nos vamos todos volando, carpa incluída. Evidentemente si el vuelo es tan barato debe ser por algo... Y los precios del bar eran de auténtico terror aéreo. ¡Anda que no fuimos felices zampándonos nuestro bocata de chorizo ibérico, a años luz de aquellos sandwichs envueltos en plástico (y con sabor a plástico, seguro) que vendían a precio de oro!

Subimos al avión a la hora prevista, recordando esta vez que debíamos sentarnos junto a la salida de emergencia porque el pasillo es más ancho y tendríamos más sitio para las piernas. Despegamos rumbo a Girona con puntualidad. Y sólo entonces fue cuando empecé a darme cuenta de que decíamos adiós a París. Con tanto ajetreo no había podido pararme a pensar hasta ahora. Se acaban las vacaciones, volvemos a la rutina, a la normalidad del día a día, a Barcelona...

Al llegar recogimos las maletas y nos metimos directamente en otro autobús. Qué fea y vulgar me pareció Barcelona a media noche, qué feas las rondas, los edificios, el Besós... Qué diferente a París, nuestro París.... Y vuelta a arrastrar las maletas hacia Sagrada Familia por no coger un taxi que nos cobraría lo que le diera la gana por un trayecto nocturno tan corto. Hace calor. Y no llueve. Y llevo puesto el abrigo por no tener que llevarlo en la mano. Y hay ese bochorno pegajoso que tanto odio. Los tres pisos de escaleras de casa de R. ahora me parecen muy poca cosa, con mis piernas curtidas en subir a un sexto. Es casi la una.

¿Cómo puede ser que me haya habituado a algo tan pronto? ¿Cómo puedo echar tanto de menos una ciudad en la que sólo he estado una semana? ¿Cómo voy a poder dormir, comer, cenar, sin tener a R. a mi lado? ¡Cómo lo voy a añorar a todas horas! ¿Qué hay del sexo a diario? ¿Qué va a ser de mí sin poder despertar a su lado?

sábado, 12 de noviembre de 2005

Diario de París: lunes, 24 de octubre.

Ayer atasqué el fregadero de la cocina. Eché las sobras de la sopa y, de repente, dejó de tragar agua. Juro que no había echado nada más allí, me extrañó que se atascara tan facilmente. Así que el plan hoy era descansar un poco por la mañana, hacer unas últimas compras y luego ver si se puede resolver, ver si Roger puede arreglarlo, más que nada. Hay un montón inmenso de platos por fregar (parece mentira lo que se ensucia siendo sólo dos personas). Si no tiene arreglo no sé cómo nos apañaremos.

Afortunadamente no ha sido grave, Jean-Phillipe no va a matarnos. Bastó con desenroscar un filtro que estaba atascado con un montón de porquería que no era nuestra, que no eran las sobras de la sopa que yo había echado. Seguramente culpa de los anteriores inquilinos, unos americanos. ¿Quién es tan guarro como para tirar un bastoncillo de limpiarse los oídos en el desagüe de la cocina? Nos hemos duchado y hemos hecho un desayuno tardío y ligero.

Mi experimento para comer no ha salido mal del todo. Los bistecs a la mostaza de Dijon (esa mostaza había que usarla) no habrían estado nada mal si no fuese porque eran duros como suelas de zapatos, los puñeteros. ¡Eso nos pasa por comprar la carne en Intermarché! En la tele nos acompañan todos los canales de música por cable que encontramos, es lo único que vemos. Nuestro arrendatario nos enseñó orgulloso, el primer día, que había tenido el detalle de buscarnos Televisión Española internacional, al saber que veníamos de España. ¡Qué majo! Lástima que no nos interese nada de lo que emiten. No queremos ni ver las noticias. Estamos de vacaciones. Si vemos las MTV o VH1 es porque lo único que le falta al apartamento es un equipo de música y tenemos que suplir esa falta como podemos. Millones de listas diarias y, de vez en cuando, algo decente.

Por la tarde hemos dado un agradable paseo por uno de los parques menos turísticos de París, el preferido de muchos parisinos: el de Buttes-Chaumont. Hemos subido al templete de magníficas vistas, paseado por los caminos repletos de gente practicando footing, descubierto las cascadas, bajado hasta el lago (con patos y todo) en el que hay temporada de pesca, caminado por los senderos... Aquí vienen los parisinos a magrearse, a hacer botellón (sí, también existe), a fumarse unos porros y a correr. Un parque genuino, vamos. Quizá no sea el mejor parque del mundo, ni el más bonito, ni el más moderno o sofisticado pero para mí hoy ha sido el mejor.

Al volver hemos pasado de nuevo por Montmartre centro para ver si la fromagerie estaba abierta y comprar así los quesos que pensamos llevarnos. Estaba cerrada. Tendremos que venir mañana.

Empiezo a pensar en las cosas que nos dejamos por ver, porque mañana ya no tenemos tiempo de hacer ninguna visita. Pienso en el Barrio judío, en el Bois de Bologne, en los muelles, en el cementerio de Montmartre, en las librerías... París siempre merece otra visita.

Última noche en París... Quiero que durmamos abrazados.

P.S. Si algún astuto observador nota que en este día en París no hemos visitado casi nada es porque nos quedamos en casa practicando sexo. ¿No dicen que es la ciudad del amor?

jueves, 10 de noviembre de 2005

Diario de París: domingo, 23 de octubre

Me doy cuenta de que he escrito poco y mal. Leyendo lo de los días anteriores me doy cuenta de que escribía cansada, sin ganas, como el escolar al que piden una redacción de lo que ha hecho en las vacaciones y se limita a enumerar de forma prosaica y descriptiva: "Hoy hice esto, esto y esto... y al día siguiente aquéllo y lo otro..." Lo que he escrito no tiene vida, no tiene sentimiento, no exhala ni transmite como me gustaría. Pero, como digo, no me extraña nada. En el estado en que escribía muchas veces lo raro es que mantenga la concordancia verbal.

Al ir escribiendo día a día, al momento, mis impresiones sobre París pretendía preservar la frescura, la espontaneidad de las ideas. Me equivocaba. Porque al intentar hacerlo lo que he conseguido es escribir por las noches, cansada, somnolienta, casi por obligación, deseando acabar para correr a brazos de Morfeo. Y de Roger.

Así que pensaré en las ventajas de escribir en diferido, cosa que ya llevo haciendo unos días. Las sensaciones intensas en ocasiones son difíciles de plasmar de manera inmediata. Necesitan de un reposo, de una racionalización, de pasar por el tamiz que da el tiempo y una cierta perspectiva. Una vez dejadas reposar (como la masa del pan, como una buena paella) esas sensaciones tan escurridizas están más ricas y se dejan atrapar mejor. Porque lo que abarcamos con nuestro raciocinio no es la sensación en sí (tan instantánea, tan carnal e imprecisa) sino el poso que esa sensación nos deja en el espíritu. Sacrifiquemos, pues, en este caso, la espontaneidad frente a la precisión y la perdurabilidad.

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La mañana de hoy la dedicamos a las visitas más típicas y evidentes.

Primero Arc du Triomphe. Un gentío impresionante, una cola increíble para subir y, si no recuerdo mal, unos 8 euros por ver el museo y subir a la plataforma. Hacemos algunas fotos (entre ellas la foto tonta de rigor ante la llama perpetua a la memoria del soldado desconocido).

Siguiente hito turístico: la Tour Eiffel. Disfrutamos del paseo junto al Sena, de los puentes, de los quai (muelles) pero al llegar... Más gentío, una cola aún más impresionante para coger los ascensores a las mejores vistas de París (aunque las de lo alto de Montmartre no le tengan mucha envidia). Cobran hasta por subir a pie por las escaleras. Roger y yo ya subimos en nuestros respectivos viajes anteriores y decididamente no merece la pena hacer la cola, la espera y la sensación de ser ganado bovino para subir de nuevo. Así que hacemos algunas fotos más y nos alejamos por le Champ-de-Mars. Nos encontramos con algo llamado Le mur pour la paix, una especie de pared de cristal con la palabra "paz" escrita en infinidad de idiomas. Inspirado directamente en el muro de las lamentaciones, hay pantallas y teclados apra que escribas tu mensaje pacifista. Puede también hacerse a través de internet.

Pasamos por Les Invalides, donde reposan los restos de Napoleón I, y atrajeron mucho más nuestra atención las bandadas de cuervos que parecen reunirse allí que el edificio en sí. Allí al lado está el museo Rodin y sus jardines. Yo ya estuve, pero nos acercamos para ver si está abierto con la intención de visitar al menos los jardines, pero es muy tarde (casi las dos) y estamos cansados y hambrientos y preferimos volver a casa. Vimos varias de las esculturas y la Puerta del Infierno en el Louvre y el Orsay. Tendrá que ser en el próximo viaje a París.

Por la tarde hemos ido a ver los pasajes y boulevards. Lamentablemente, al ser domingo, la mayoría están cerrados y, en los que podemos entrar, las tiendas están cerradas. Por ello el aspecto de los pasajes era dejado y desierto. No es que yo pretendiera encontrar el aspecto bullicioso que describen Benjamin, Baudelaire o Proust. Fue encantadoramente decadente y decepcionante al mismo tiempo. No sé cómo describirlo mejor.

Buscando un sitio donde tomar algo hemos llegado hasta la Ópera. Agotados, nos sentamos a descansar en un banco y, cuando comenzó a llover, decidimos volver en metro a nuestro barrio, buscar allí alguna cervecería y, si no la encontrábamos, volver a casa.


Roger Tallada
Una vez más nos sonrió la suerte porque, además de ser algo tarde para las costumbres lugareños (algunos bares cierran antes que las floristerías, sobre las siete y media) era domingo y aún así encontramos un agradable bar que también servía cenas en la rue Caulaincourt, muy cerca de la parada de metro Jules Joffrin, la más cercana a casa. Se llamaba Froggy's Bar Restaurant. Precios razonables y un buen sitio para sentarse un rato a tomar algo. En la tele hay un partido de fútbol que debe ser importante a juzgar por los gritos ("putaaaaaaain!") de la chica de la mesa de al lado. Roger hace su dibujo del día y saboreamos, sin prisa, nuestras cervezas antes de irnos a cenar.

lunes, 7 de noviembre de 2005

Diario de París: sábado, 22 de octubre

Llueve. Cada día un poco pero no demasiado. No como en Barcelona. Pero lo suficiente como para tener que salir cada día con paraguas. Sin embargo no hace frío. Esperaba usar todos los gruesos jerseys que he traído casi por exigencia materna, las bufandas, los gorros de lana, los calentadores... y al final he tenido que optar entre chaqueta o jersey. Tanto mejor, el tiempo es excelente y podemos andar por el apartamento en manga corta, la calefacción no va a ser necesaria en absoluto. Por las noches hasta tenemos que apartar el edredón de plumas porque nos asamos de calor (no lo he mirado, pero seguro que es 100% plumón de ganso nórdico). Duermo a su lado, sueño a su lado y con él, despierto a su lado...

Cementerio Père- Lachaise era el plan para esta mañana. Pero, antes que nada, una efusiva exaltación del Eros como contraposición a la parte de Thanatos que nos esperaba luego. Polvo al polvo...

[Aquí va un enorme spoiler privado sólo disponible en el "director's cut", sin ningún interés turístico, que les ahorraré a mis pocos pero fieles lectores.]

El de Père- Lachaise es un viejo cementerio entrañable y lleno de VIP's. Nada más entrar ya me enamoró por los panteones góticos familiares parecidos a mini-casitas para personajes de Tim Burton, por los árboles viejos y retorcidos y por los numerosos cuervos que lo habitan, que parecen puestos a propósito para crear ambiente aleteando y graznando de vez en cuando.

Sin demasiado respeto por los óseos habitantes (deben estar acostumbrados, porque el cementerio organiza hasta visitas guiadas) nos paseamos entre las tumbas y nos metemos entre los panteones para curiosear y hacernos fotos. Los familiares que vienen a visitar las tumbas (en el caso de los que aún tienen algún pariente vivo que los recuerde) no deben estar muy contentos con la cantidad de turistas que chafardean constantemente. O quizá sí, quizá es un orgullo visitar a alguien aquí. Vaya usted a saber. Vimos las tumbas de Chopin, Wallace (el de las fuentes), Proust (al que habían dejado notitas escritas que muy indiscretamente leí, espero que a Marcel no le importe), Edith Piaf, Victor Hugo, Comte, Oscar Wilde (a cuya efigie , ahora repleta de marcas de besos, unas señoras indignadas arrancaron hace mucho los testículos), Sarah Bernhardt, Molière (decepcionantemente abandonados ambos), Lafontaine... Pero la más decepcionante de todas fue la tumba estrella del cementerio, la de Jim Morrison. La única con una horrible barricada de vallas de tráfico que impedía acercarse a la lápida y un vigilante uniformado destinado únicamente a impedir que se te ocurriera saltarla. Al final el paseo fue más interesante por las tumbas anónimas que por las famosas: por las que se caían de viejas, por el "barrio judío", por las que las raíces de los árboles levantaban, por las que escondían botellas de cerveza, por las que irónicamente parecían haber servido de refugio amatorio, por las que ya apenas eran un trozo de tierra...



Esta foto tiene truco...


Cet midi nos hemos permitido el "exceso" de comer fuera. Buscábamos algo que no fuese turítico, un bistrot con un ambiente agradable, lleno de parisinos y donde se pudiese degustar comida casera típica sin pagar un precio desorbitado. Ha sido la segunda vez que buscábamos un restaurante de los recomendados en la guía (editada el 2005) y ni siquiera existe ya. Hemos decidido olvidarnos de las recomendaciones gastronómicas y seguir un poco nuestro instinto. Así que hemos escogido un bistrot- brasserie que parecía estar repleto de gente del barrio.

Aquí no hay menú como el que conocemos de primer y segundo plato con postre o café, bebida y pan incluídos. Aquí hay o bien "le plat du jour" (el plato del día) o bien la "formule" que consiste en entrante (normalmente una ensalada) más plato o bien plato más postre. La bebida, el café y el pan se pagan aparte. En este restaurante hemos dado en el clavo porque precisamente hoy el "plat du jour" era lo que Roger quería comer: entrecot. A mí tampoco me venía mal en absoluto. Y por sólo diez euros el plato nos hemos zampado ese entrecot acompañado de una deliciosa salsa con nombre de región francesa (no consigo recordar), acompañado de tomate al horno con provenzal y un revuelto de calabacín, huevo y bechamel con queso gratinado por encima. Mmmmm... De primero hemos pedido una ensalada y la camarera nos ha mirado raro y nos ha advertido que la ensalada era grande. Pobrecita, no sabe lo que zampamos. No quedó absolutamente nada en los platos.

He notado que la gente de París, en general, está delgada. Deben comer bastante menos o cuidarse mucho más. En el metro de Barcelona, por ejemplo, lo más normal es ver señoras o señores de mediana edad o ancianos y ancianas tirando a rellenitos o directamente gordos. Aquí son minoría a los que les sobran quilos. Si viven en Montmartre lo entiendo: con tanta cuesta y tanta escalera es fácil guardar la línea. ¿Son de poco comer o tan grave es la crisis económica francesa? Respecto a nosotros otra semana aquí y tenemos que volver rodando y ocupando dos asientos de Ryanair.

El primer día en la ciudad encontramos una librería que al mismo tiempo era tienda de discos. Era muy pequeña y todo estaba muy apretado y revuelto pero tenían unos precios increíbles en discos nuevos y de segunda mano. Allí me compré el nuevo de dEUS, Pocket Revolution, por tan sólo diez euros. Y hoy la misión era buscar más tiendas de discos y tiendas de cómics al tiempo que hacíamos el guiri.

En los alrededores del Centro Pompidou (otro ejemplo de museo cuyo interior no nos iba a gustar y nos lo hemos ahorrado) hemos chafardeado librerías y tiendas de regalos. Era una zona muy agradable para pasear: calles peatonales, tiendas "alternativas" o "underground" (como la librería especializada en cine en la que estuvimos), restaurantes con terrazas, espectáculos callejeros... Los barrios de Marais y Beaubourg deben ser como el Raval y el Born de Barcelona, salvando las distancias. Allí volvemos a una librería de cómics que ya vimos. Roger gasta que te gasta. Yo admiro los preciosos pósters del Corto Maltés.

En mi anterior visita a París encontré (¡qué mala suerte la mía!) que Notre-Dame, la gran catedral gótica, estaba en reformas y casi totalmente cubierta de andamios y enormes lonas verdes tapándola. Hoy, por fin, he podido verla en todo su esplendor, desde la place du Parvis. Hemos entrado para admirar la planta pero no hemos subido: gran cola y más de 6 euros para subir a las torres). Admiramos los laterales y sus preciosos arbotantes (arbotante: m. arq. Arco que contrarresta el empuje de otro arco o bóveda.|| Mar. Palo que sobresale del casco de un buque y sirve de sostén.), que la hacen parecer tan ligera, como una gran araña posada cerca del Sena.

En la otra orilla del río nos apresuramos hacia los bouquinistes que ya recogían y cerraban sus puestecitos diminutos pintados de verde, sus cajitas repletas de libros usados y, por lo que vi, ahora también de objetos para turistas. Conseguí comprarme por fin un póster de Le Chat Noir, pero no ha habido tiempo para mirar libros. Una pena, me habría llevado Les fleurs du mal de Baudelaire de buen gusto. Me hubiese servido para practicar mi francés (el idioma) una vez de vuelta en Barcelona. En fin, no es grave. Allí también podría encontrarlo en su lengua original. De hecho la que leí hace tiempo fue una edición bilingüe.

Nos acercamos al Barrio Latino pero nos aburrimos en seguida de los caminos trillados para turistas. Callejeando descubrimos la iglesia de Saint-Séverin, con un lateral que está repleto de gárgolas. Llegamos al Panteón, donde reposan Voltaire, Rousseau, Marat, Zola, Braille, Monet, Condorcet, Pierre y Marie Curie, Malraux... En los alrededores del la Sorbonne descubrimos por azar dos grandes librerías de cómics ("bandes dessinées" en francés, o BD abreviado). Eran enormes, impresionantes, desquiciantes. Aquí hay mucha producción propia, se consume mucho más y leer cómics es menos de freak, mucho más normal para un adulto. Roger ha tenido otro ataque consumista y yo... bueno, a falta de dinero para gastar le pediré sus Monsieur Jean. Por los alrededores había muchas librerías interesantes (incluso la célebre Shakespeare & Co. que ya visité la otra vez) pero estoy demasiado cansada para ponerme a rebuscar. Sólo quiero volver a las plumas del edredón...

Estamos agotados. Volvemos a casa tras otro día extenuante.

Es curioso, ya digo "a casa"... Nuestra casa en París... Por una semana.

viernes, 4 de noviembre de 2005

Diario de París: viernes, 21 de octubre.


Definitivamente me gusta mucho más Orsay que el Louvre. Sin duda el cansancio tenga algo que ver con ello (y mis gustos en cuanto a pintura mucho que ver con ello) pero hoy en el Louvre he tenido una terrible sensación de acumulación de esculturas y pinturas hasta el colapso y de odio infinito hacia un cuadro más de temática religiosa o anterior al siglo XIX.

Ya veníamos preparados y dispuestos a saltarnos las partes que no nos interesaran demasiado porque ver el Louvre entero en tan sólo un día es una odisea imposible. Sin embargo tengo la impresión de que:

a) hay demasiados cuadros (sobre todo de pintores franceses) primando cantidad a calidad en ocasiones (¡oh, sacrílega!).

b) el orden de las salas es caótico y hace casi imposible y maratónica una posible visita cronológica en condiciones.

c) el museo está claramente orientado (con un tiquet de entrada específico para ello, incluso) a los visitantes que vienen en masa (poderoso caballero es don dinero) a ver la decena de joyas principales de la colección, esto es la Mona Lisa, la Victoria de Samotracia, La balsa de la Medusa, la Venus de Milo, etcétera...) pero que se van sin ver nada más. Los demás nos jodemos.

Y, para acabar de redondear mi opinión sobre este gran museo, la Gran Decepción: por segunda vez (me ocurrió lo mismo hace diez años, no me puedo creer mi mala suerte) tenían cerradas la mayoría de salas del Egipto faraónico. Ni Champollion ni ostias. Van a construir una nueva ala dedicada al arte del mundo islámico y gracias a las reformas (y quizá a que era viernes) me ha tocado pagar el pato. Casi lloro de la rabia. No me lo podía creer. Quizá hubiese sido la parte que más me habría gustado y me vuelvo a ir sin verla entera. Leo que "el Louvre siempre tiene el 25% de las salas cerradas por falta de personal". Pues vaya gracia. Consulten aquí antes de ir.

Total, que al final te obligan a seguir un recorrido que, en todo momento, te recuerda con cartelitos hacia dónde debes ir para ver la Gioconda (llega un momento en que ya la odias, al igual que a Dan Brown, y ni la miras al llegar a ella). Un recorrido que te obliga (a menos que vayas cambiando de ala y de piso constantemente) a ver primero todas las esculturas (casi en batiburrillo) y luego todas las pinturas, alternando alegremente salas del siglo XVIII con obras de antes 1300. Un recorrido donde sabes perfectamente, antes de llegar a ellas, dónde están las obras más relevantes sólo por el mogollón de gente parada delante de ellas y de japoneses haciendo fotos (el caso de la Venus, a la que en hicimos una foto en la que salen más fotógrafos que delante de la clínica Ruber el día del nacimiento de la infanta). Un recorrido que agota, que te hace aburrir el museo y te hace acabar caminando zombie por las salas sin poder asimilar una tela más.

Sería muchísimo más agradable de ver si, como el Orsay, estuviera organizado de manera que pudiera visitarse cronológicamente (más o menos). O quizá el fallo sea nuestro y deban dedicársele tres días. Un museo soberbio en un gran palacio, un marco increíble... y que canse hasta casi asquear. Sobreexposición, supongo. Con días para saborear sus increíbles salas muchas telas tendrían un matiz interesante que no supe verles. Una lástima.

He comprado la postal para E. (quería la Victoria de Samotracia) y tengo que escribirla, junto a la de P. (que compré antes de ayer) para enviarlas ya e intentar que lleguen antes que yo. A ver si tengo un minuto...

Me encanta el cartel del mítico cabaret de Le Chat Noir. Cuando paseamos por Pigalle pasamos por delante del café tal y como es hoy en día: un auténtico horror para turistas, tristemente parecido a un bar de las Ramblas pero sin sangría. A pesar de ello el cartel es precioso. Es un icono turístico, lo sé. Lo he visto en bolsos, tazas, camisetas, delantales, imanes para la nevera... Pero me encanta. Lo quiero en alguna de sus formas.

Contrariamente a lo que pensaba y creí ver impreso en algún sitio (supongo que haciéndolo más atractivo para los turistas) el diseño original del cartel no es de Toulouse-Lautrec sino de Théophile Alexandre Steinlen. Otro caso más de artista injustamente ninguneado respecto a su obra. Cartelista, pintor y humorista gráfico del art nouveaux cuya obra se publicó, mayoritariamente, en la propia revista del cabaret Le Chat Noir.


Amor y Psique,
Antonio Canova
Empiezo a escribir este diario en diferido. Durante el día no tengo ni un sólo minuto libre. Volvemos al apartamento únicamente para comer/ cenar/ dormir. Pasamos el día entero caminando y por las noches estamos tan agotados que casi no nos quedan ganas para nada que no sea quedarnos abrazados bajo el edredón y dormir... Y por las mañanas hay que levantarse temprano para desayunar, ducharnos y ver más cosas estupendas.

Hoy puedo decir que estoy agotada, completamente agotada. Mi cuerpo no se recupera con dormir unas nueve horas cada noche. Espero acostumbrarme al ritmo pronto. Estoy en baja forma.

martes, 1 de noviembre de 2005

Diario de París: jueves, 20 de octubre

Esta mañana nos la hemos tomado libre.

Estamos muy cansados, aún no nos hemos recuperado de la noche sin dormir que representó el viaje y estos dos días no hemos parado de caminar. Ayer, al acostarnos, pensamos que el plan para hoy sería madrugar un poco y dar una vuelta por el cementerio de Montmartre para luego ir a hacer unas compras. Cuando ha sonado el despertador hemos sacrificado el paseo por una o dos horas más de descanso.

En el supermercado de enfrente (Franprix), como en todos los que hemos visto por el barrio, hay frutas que no había visto en mi vida ni sé cómo se llaman. Hay salsas de todos los rincones del mundo y cientos de especias. Hay refrescos y zumos con miles de sabores inimaginables (por ejemplo de cassis, unas grosellas negras con las que también se fabrica un licor delicioso) y cosas como yogures de pistacho (evidentemente la curiosidad nos pudo y los compramos). Nos han dicho que aquí podemos conseguir Coca-Cola con vainilla pero sólo encontramos la de dos litros. Paseo fascinada y feliz por el súper, contemplando tal acumulación de multiculturalidad gastronómica. Además, da la impresión de que aquí cuidan mucho más la presentación y el aspecto de los alimentos: hasta en la frutería de barrio regentada por una china la fruta brilla, está estupendamente colocada y en el cartel con el precio se menciona el país de orígen de la fruta y el medio de transporte que se usó para traerla. De donde vengo estos detalles sólo los ves en los supermercados de categoría.

Roger está feliz: hemos encontrado mantequilla salada como la que comía en Escocia. Beurre avec sel du mer. Está deliciosa. Me voy a dormir agotada y me despierto agotada, pero vamos a zampar mantequilla por un tubo y eso, sin dudarlo, tendrá sus consecuencias a pesar de tanto caminar. Volveré hecha una odalisca de Rubens...

La tarde la hemos dedicado al completo y desde bien temprano al Museo de Orsay. Se trata de un museo precioso ubicado en una antigua estación de tren, con obras fascinantes y con una colección muy bien estructurada para hacer la visita interesante y fácil de seguir. La otra vez que estuve en París fue mi museo favorito, me gustó bastante más que el Louvre, veremos si esta vez pienso igual (mañana o pasado mañana podré comparar). Aquí abundan las obras del siglo XIX y XX. Y dedican espacio a la ilustración, la fotografía, las artes decorativas, el cartelismo...


Ilustración de Baba Yaga,
por Ivan Yakolevitch Bilibine
De nuevo somos afortunados porque encontramos la "Temporada rusa en el Museo de Orsay" y visitamos una estupenda exposición temporal sobre el realismo ruso que deja a Roger embobado ante algún cuadro. Yo, por mi parte, he redescubierto a los ilustradores rusos. Vi sus magníficos dibujos por primera vez cuando buscaba libros de cuentos tradicionales rusos al saber que mis tíos iban a adoptar un niño ucraniano (mi encantador primito Yenya). Los adoro, el estilo de sus dibujos es muy especial: inspiración medieval, gusto por los detalles, composiciones muy cuidadas. Apunté todos sus nombres para encontrar información y reproducciones de su obra en internet. Bilibine, el gran maestro, Repine, Nesterov, Vasnetsov, Kramskoï, Kouznetzou... Ah, los cuentos rusos y sus ilustradores... Espero volver a hablar pronto de todo ello.

De nuevo volvemos muertos al apartamento a por una sopa caliente y gratificante y a por nuestro queso, nuestra mantequilla salada, nuestro fuet y nuestro chorizo ibérico con baguette y pà amb tomàquet. Qué fusión cultural, madre mía.

Más datos:

Aquí "Corpse Bride" (que vimos y disfrutamos, a pesar de la muchedumbre, el fin de semana pasado en Sitges) se llama "Les noces funèbres" (Las bodas fúnebres).

Aquí los supermercados Dia se llaman Ed.

Aquí, en el metro, los asientos reservados tienen orden de prioridad:
1. A los mutilados de guerra.
2. A los ciegos civiles, inválidos laborales y lisiados civiles.
3. A las mujeres embarazadas y a las personas acompañadas de niños de menos de cuatro años.
4. A las personas de 75 años o más.

Haber participado en dos Guerras Mundiales del bando de los aliados debe hacer que un país sea muy respetuoso con sus héroes militares...

viernes, 28 de octubre de 2005

Diario de París: miércoles, 19 de octubre

Datos:

En París un café cuesta 2 euros, a menos que te lo tomes en le comptoir (la barra).

En París una Coca-Cola es más cara que una cerveza de barril.

En París los vados tienen lucecitas rojas intermitentes o son de neón, haciendo casi imposible la excusa inútil de "es que no lo vi..."

En París, por las tardes, de las alcantarillas sale agua que los barrenderos orientan mediante el rústico procedimiento de poner trapos viejos y trozos de tela o alfombra para taponar el camino que no quieren que siga. Será para limpiar las hojas. Les debe sobrar agua.

En París quedan 65 fuentes de Wallace como la de Barcelona (Parc de la Ciutadella) de la que Gontzal pidió un dibujo a Roger. Sir Richard Wallace (Londres, 1818 - Neuilly-sur-Seine, 1890), aristócrata, mecenas y vividor, consagró una parte de su abundante fortuna a ayudar a los menos afortunados y, viendo la crisis se aprovisionamiento de agua y la sequía en París en 1870, ofreció fuentes de agua potable que hizo distribuir por toda la ciudad.

Hoy he pasado una sed terrible a pesar del majete de Wallace. Había olvidado mi botellita de Evian en casa y el sir inglés no tuvo en cuenta que beber de sus preciosas fuentes es extremadamente difícil si no tienes un recipiente. Lo intenté en el hueco de mis manos con el cómico resultado de mojarme todo el brazo. Por lo visto, originalmente, de las fuentes pendía un vaso atado a una cadenita. Ya no queda ni cadenita ni vaso. Mi reino por un vaso.

Esta mañana la hemos dedicado a una exposición temporal que, muy oportunamente, ha organizado el Musée d' Orsay en las Galéries Nationales du Grand Palais. Viena 1900: Klimt, Schiele, Moser, Kokoschka. Las colas en la entrada eran considerables, la mayoría eran parisinos porque la exposición hace relativamente poco que se inauguró. Esperar en el patio escuchando al, por momentos irritante, tocador de oboe ha valido la pena. Una exposición preciosa, pero se ha hecho corta. Los cuadros de Gustav Klimt me han parecido mucho más maravillosos al natural que todas las reproducciones que ya había visto y que ya me encantaban. Me he quedado embobada delante de algunos de ellos durante algunos minutos: fascinada por cómo la luz se colaba entre los árboles del bosque de pinos, por las maravillosas pieles translúcidas de las sensuales mujeres, de cabellos pelirrojos serpenteantes, por el poder que transmite su Salomé (Judit II), con su mano crispada... Me gustaría poseer la belleza, la determinación, la sensualidad y la fuerza de las mujeres que pinta Klimt.

Por tanto pedir agua a Wallace cayó toda por la tarde (del cielo), justo cuando nos sentamos en los jardines de las Tuilleries y Roger empezó a dibujar una vista del Louvre (que no pudo acabar hasta un par de días después, como veis aquí al lado). Me hubiese gustado poder vernos con los ojos de otro: allí sentados, bajo la llúvia en el parque desierto, él dibujando y yo sosteniendo el paraguas...

En los jardines de las Tuilleries hay unas sillas metálicas que puedes coger y colocar donde te apetezca. Quizá en Barcelona durarían poco y serían presa de los vándalos (sin duda promotores del Estatut) o acabarían estrelladas contra algo. Aquí sirven para que la gente se siente a leer o a dibujar el paisaje o las numerosas esculturas.

En las cercanías de los Champs Élyssées están las tiendas más chic de París, todas las de alta costura, las de los grandes diseñadores. También los restaurantes (el célebre Maxim's) y los hoteles más caros. Y algo más, algo que no había visto nunca a ese nivel: una tienda de alimentación de ultra- lujo que haría las delicias de cualquier gourmet aficionado como yo. Tenían hasta jamón pata negra ibérico de Guijuelo. Todo un placer para la vista y, sin duda, para los paladares de los que se lo puedan permitir. Como recuerdo me llevé el catálogo gratuito (lo único gratuito), con un estilismo que ni Chanel. Disfrutad de la web de Fauchon Paris y decidid qué regalo realmente caro (y comestible o bebible) os gustaría que os hiciesen de allí.

Tras tanta advertencia (la guía es vehemente) sobre lo bordes que son los parisinos, sobre lo antipático y desagradable que es el servicio aquí, debo decir que estoy absolutamente en desacuerdo. Todo el mundo, desde la vecina del tercero (madame Gisbert) que nos saludó nada más llegar y se ofreció para lo que fuese, hasta cada camarero o dependiente que nos hemos encontrado, han sido amables y simpáticos. No sé si tiene que ver con que les hablemos en francés. O que, al menos, lo intentemos con voluntad y esfuerzo.

Por la tarde hemos paseado por Pigalle por segunda vez para encontrarnos con dos riffers que, por casualidad, también estaban en París: guede y su novia. Tomamos una cerveza en el Cafe des 2 moulins (desgraciadamente para Roger no nos sirve Tautou) y descubrimos que son dos turistas al uso de los que hacen las cosas típicas y van a Euro Disney. Y están tan felices. París se puede disfrutar a muchos niveles. Nos hacemos unas fotos ante el Moulin Rouge, paseamos un poco y, entre los miles de paraísos del sexo de por allí, Roger se encariña con un edificio de tres plantas con un neón enorme: Sexodrome. Dice que antes de irnos tenemos que entrar a chafardear en la tienda. Otro día será. Por hoy me conformo con haber visto a trescientos turistas japoneses entrar en masa al Moulin Rouge (pongámosle cien euros por cabeza).

El viaje de vuelta en metro nos sale gratis porque la máquina de validar los tiquests está estropeada. Empezamos a dominar las paradas.Ya somos más aprisinos. Hemos comprado queso.

jueves, 27 de octubre de 2005

Diario de París: martes, 18 de octubre

A las tres de la mañana (vuelo de Ryanair desde Girona a las 6'50 horas) salimos arrastrando penosamente las maletas tras escasas horas de sueño. Para colmo llueve ligeramente. No lo suficiente para obligarnos a coger un taxi hasta la Estació del Nord (total, es bajar una calle) pero sí con tan mala leche como para obligarnos a parar bajo un toldo cuando aprieta. Del viaje en autobús a Girona y del vuelo tengo pocos recuerdos, estaba en duermevela incluso cuando caminaba. Recuerdo un intento de hechar una cabezada en el avión, contra la ventana, y recuerdo el amanecer desde el aire, rosa y naranja, y las nubes de algodón que, al descender, hacen que parezca que nos metemos dentro de la espuma de un capuccino.

Llegamos a Beauvais (aeropuerto de tercera... qué digo, de cuarta categoría) agotados y muertos de sueño, con 25 minutos de adelanto. De allí tenemos que ir en autobús a Paris (Porte Maillot). La maleta parece pesar cada vez más. Hace un frío del que se te mete en los huesos, el frío del amanecer, que hace que me despierte y dé saltitos mientras esperamos para comprar el billete. Una señora le empieza a gritar en catalán al chico de la ventanilla porque no le ha dado todos los billetes que ha comprado. Al ver que no la entiende cambia al castellano y el chico sigue sin entenderla. Yo sigo zombie, esforzándome por tenerme en pie, respirar y seguir realizando las demás funciones vitales.

Vuelvo a dormitar en el autobús. El conductor nos pone chanson française y me despierto cuando ya estamos en París. Veo el Sena y sonrío. ¡Por fin!

Jean- Philippe, nuestro locataire (arrendatario), tal y como predije un poco jocosamente por su letra redondeada, bonita y femenina y por sus advertencias sobre el cuidado con el parquet y con su mesita lacada, tiene todo el aspecto de ser gay. Al ver el apartamento me alegro de ello (mientras recupero el aliento, que son seis pisos sin ascensor). No es que quiera afirmar que todos los heterosexuales son unos guarros o tienen mal gusto en cuestión de decoración o que todos los gays sean decoradores natos (de hecho conozco a unos cuantos bastante horteras). Pero en éste caso se cumple el tópico. Todo está cuidado y con gusto por las marcas. En la cocina no falta ni un utensilio (hasta esas barras metálicas tan monas que siempre veo en las cocinas del Ikea para colgar ganchos con cazos, trinchadores, coladores, etc.). Tiene aceite de oliva, vinagre de Módena, mostaza de Dijon, pimienta gris, lavavajillas de aroma a frambuesa (Roger dice que tiene que estar rico), limpiadores especiales para el parquet, suavizante caro para la ropa... En la habitación hay libros de arte y de arquitectura como en las revistas de decoración, guías de viaje de cientos de países y las sábanas donde dormiremos son Calvin Klein con relleno de plumas y cojines de más plumas. En el armarito del baño hay crema de contorno de ojos, secador, perfume, jabón de Marsella puro para las manos...

Roger se burla de que investigue tanto las cosas de Jean-Philippe y de que me interese saber los títulos de las novelas y libros varios que guarda en el armario. Soy curiosa. Se pueden saber muchas cosas de alguien por los libros que tiene. Igual que se pueden saber muchas cosas de alguien viendo su casa, los productos que usa y los pedacitos de pistas sobre sí mismo que ha ido dejando por todos lados durante su vida cotidiana el tiempo que ha habitado el apartamento. Diría que es piloto (hay una maqueta de un avión de Air France y un osito piloto en la habitación) y que vive aquí ciertas temporadas (tiene ropa en el armario y productos suyos por todas partes), y que alquila el piso de vez en cuando, si está fuera por trabajo, para sacarse algún dinero extra. O quizá sólo vive aquí ocasionalmente y tiene un novio en NY...

Algunos encontrarán morboso mi interés por el arrendador. Quizá tengan razón. Pero, al fin y al cabo, voy a vivir una semana en su casa. Es un juego divertido imaginar cómo es una persona de esta manera. Me siento un poco Sherlock Holmes y me gusta.

Después de comer hemos tenido, irremediablemente, que hechar una siesta para volver a ser personas. Y un poco más repuestos (tampoco del todo) hemos salido a investigar Montmartre. Me encanta este barrio. Estamos alejados de la parte turística, en una zona de currantes e inmigrantes de todas las nacionalidades y colores. Hay mercado callejero, carnicerías halal, supermercados, bares y una gran floristeria justo a la entrada de nuestra calle, Villa Ornano.

Pasando por la parte más pintoresca del barrio subimos hacia Sacré-Coeur, el enorme pastel bizantino que preside la montaña en forma de iglesia (una de las postales más vendida de París). Según mi guía este fastuoso edificio nació de un "voto nacional" (léase revancha de la Iglesia) para expiar los crímenes de la Comuna de París, construyendo el "templo nacional" precisamente en el lugar donde estalló la Comuna. El día de la inauguración el célebre pintor local Willete vino con sus amigos a gritar debajo de la cúpula "¡Viva el diablo!". Émile Zola describió el edificio como "una masa de yeso aplastante que domina ese París de donde partió la Revolución..." Cuando llueve (cosa que sucede a menudo) la piedra con la que está construida la iglesia segrega, por acción del agua, una substancia blanca que parece pintura. Cuanto más llueve más blanco es Sacré-Coeur. Yo no grité "viva el diablo" pero me hice una foto haciéndo una mueca mientras señalo la iglesia. Una de las numerosas fotos en las que salgo haciendo el payaso y que no veréis aquí. Estad agradecidos.

La place du Tertre me parece un engaño para turistas. Ya me pareció exageradamente turística la otra vez que estuve en París, pero era joven e impresionable y los pintores me parecían algo bohemio y maravilloso. Ahora me parecen unos timadores de tres al cuarto (malísimos, la mayoría) y la plaza tiene muy poco de bohemio y mucho de metro en hora punta. Los turistas (nosotros también lo somos, pero quiero pensar que de otro tipo) parecen tontos y se merecen que los timen.

Sin embargo Montmartre, si sabes apartarte de la multitud (y no hace falta ir muy lejos porque los turistas no salen demasiado del camino de tiendas de souvenirs), posee rincones deliciosos al atardecer. Para hacer un poco el guiri buscamos la verdulería de la película Le fabuleux destin d' Amélie Poulain y el café donde trabajaba Audrey Tautou (Les deux moulins). Más fotos vergonzosas.

Ahora mismo estoy sentada en el sillón del apartamento, Roger hace el dibujo del día en el otro sillón, e intento fijar todo lo que me bulle en la cabeza antes de que me venza el sueño. Tarea imposible.

Hoy soñaré con interminables escaleras de subida, las del apartamento y las del barrio, soñaré con Amélie y con los pintores bajo la llúvia, soñaré que, tal y como me he sentido hoy, era parisina, volviendo al apartamento con una baguette en la mano.

Deshaciendo maletas...

Aún asimilando, aún deshaciendo maletas, deshaciendo el encanto, sacudiéndome con pereza el aroma de París, añorando ya las sensaciones vividas...

La foto de la izquierda (que se manifieste su autor porque no aparece) es la que ilustra la portada de la guía Trotamundos de París (ed. Salvat) que nos ha acompañado todo el viaje y que ya hice mía mucho antes de partir. Digo que la hice mía porque la repasé, la señalé, la llené de post-it rosa fúcsia y de papelillos rojos. Un dibujo de un ojo para los lugares para visitar, un tenedor para los restaurantes, una copa para los bares... Los veinte arrondissements (distritos) de París paso por paso. Dudaba que pudiéramos ver tantas cosas en sólo una semana...

No llevé ningún libro pero tampoco hubiese tenido tiempo de leerlo. Casi no tenía tiempo ni de escribir. Con dificultad y en minutos robados al descanso o en los pocos minutos perdidos he ido llevando un diario de viaje en mi Moleskine, plasmando impresiones, curiosidades y todo aquello que he querido recordar de la maravillosa ciudad de la que he vuelto. Volcaré aquí una parte de mi diario, pero os ahorro la parte tediosa y la morbosa. Espero que sea de utilidad a futuros viajantes. O, al menos, que os guste y os entretenga.

Me gustará compartir la impresión de ésta ciudad con otra gente porque las ciudades son como las personas: cuando las conoces sólo ves una parte y lo que piensas de ellas depende tanto de lo que son como de lo que tú eres y de cómo te sientes al conocerlas.

À demain!

lunes, 17 de octubre de 2005

Oh, là là...!


Mañana estaremos en París. Tú y yo en un pequeño apartamento de Montmartre. Es como un sueño hecho realidad.

Ya estoy deseando cruzar el Pont Neuf cogida de tu mano, pasear contigo por los deliciosos museos, recorrer a tu lado calles, pasajes, callejuelas y avenidas. Pero, sobre todo, despertarme a tu lado cada día y apoyar cada noche la cabeza en la almohada escuchándote respirar acompasadamente, sabiendo que te girarás y, casi instintivamente, me abrazarás por la espalda en esa posición que ya es tan nuestra y que me hace sentir tan a gusto, tan protegida, tan amada.

Hay tantas cosas que ver y visitar que no sé si tendremos tiempo. Esperamos huir de los típicos sitios turísticos siempre que podamos y descubrir a pie los rincones más encantadores de esta ciudad de luces y sombras. Creo que vamos en buena época, en otoño, mi estación del año favorita, y podremos disfrutar de esos cielos grises y de esa luz tan especial. Me voy sin un libro que leer en la maleta (pese a las buenas recomendaciones literarias que me hicieron) así que espero hacer preciosas fotos y escribir mucho para verter todo aquí cuando llegue. Dejaré el blog abandonado mientras tanto.

Estoy haciendo maletas (¿por qué me cuesta siempre tanto?) y deseando que Jean- Philippe nos de ya las llaves de la que va a ser nuestra casa, aunque sólo sea por una semana. Me imagino haciendo tostadas y café para los dos en la minúscula cocina o caminando en calcetines por el parquet, bailando o haciendo que patino mientras pones música (espero que podamos tener música). Me imagino que hará frío y me abrazarás para confortarme. Me imagino volviendo extenuada al apartamento, tras caminar todo el día, y que me arropas con mimo. Me imagino en un bistrot escribiendo mientras dibujas. Me imagino la semana más maravillosa...

Pero lo mejor es que no tengo que imaginar mucho, porque estoy segura de que lo va a ser.