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martes, 20 de diciembre de 2005

Hoy recomiendo:

La liga de los caballeros
extraordinarios

Alan Moore y Kevin O'Neill


Cómics con semejante densidad argumental y intertextualidad se pueden contar con los dedos de una mano. Y seguramente tres de ellos (si no más) son de este mismo autor.

"La liga de los caballeros extraordinarios" es un grupo formado por personajes de la literatura decimonónica. Moore nos muestra que son monstruos con una pretensión supuestamente heroica ("caballeros extraordinarios" es un eufemismo para "freaks"). Mina Harker, a la que el autor imagina finalmente vampirizada tras los acontecimientos de la novela de Stoker, es quien los dirige (sí, una mujer, aunque el título dice "caballeros", nótese la reflexión sobre el sexismo de la sociedad inglesa del s. XIX) . El extraño grupo incluye al Capitán Nemo, creado por Jules Verne, a Allan Quatermain, de "Las minas del Rey Salomón" (ahí se ve la mala leche que destila toda esta obra: el gran "explorador colonial" junto al gran enemigo del imperio de Su Majestad), también al Dr. Henry Jekyll (y su lado oscuro Edward Hyde), y a Hawley Griffin, el amoral descubridor de un suero que lo hizo invisible (Jekyll y Griffin representan claramente la esquizofrenia moral de la sociedad victoriana y la lucha animalidad/ racionalidad, moralidad represora/ locura que hay implícita en ella).

La acción transcurre entre la parodia sangrante, la burla despiadada y el homenaje más emotivo a la literatura de evasión del s. XIX, en un Imperio Británico reinventado (la base de operaciones del grupo es el Museo Británico) en el que predomina la arquitectura postmoderna y gigantista, la propaganda imperial exagerada, y las maravillas tecnológicas imposibles (y no tan imposibles) imaginadas por Verne y otros. El gótico y recargado trabajo de las ilustraciones de O'Neill es perfecto para la historia: entre la maravilla y la fealdad.

Hay acción, drogas, sexo, luchas, sangre, explosiones... pero no nos engañemos ante las apariencias. Esta no es una obra ligera, Moore siempre será Moore y estamos ante humor superheroico sobre las tensiones sexuales, coloniales y políticas del imperio. Es una crítica histórica del país que le vio nacer (a ver si aprenden los estadounidenses) a la vez que un gran homenaje a un género que personalmente adoro.

Es todo un reto buscar todas las referencias y alusiones que se encuentran en los inteligentísimos diálogos o en los fondos: vueltas de tuerca, lugares comunes (la intervención del detective Dupin), incorporación de muchas y ricas fuentes literarias de mitología industrial y preindustrial (como el busto del Barón de Münchaussen que se ve al fondo de una viñeta), chistes literarios, alusiones históricas descontextualizadas ("la idea de que una nación rival como Alemania pueda... someter Inglaterra a un bombardeo aéreo...") o pura y simple especulación sobre un pasado industrial que nunca existió.

Y, para acabar de rematar el pastel con una guinda, Alan Moore nos regala al final de cada número un pastiche novelesco por entregas (como los folletines de finales del s. XIX) con Allan Quatermain como protagonista, enfrentándose a morlocks y a las mismísimas divinidades lovecraftianas que amenazan la existencia de la vida humana y con compañeros tales como, por ejemplo, El Viajero del Tiempo.

No hay excusa (la película se queda en anécdota) para perderse un cómic como este. Recomiendo efusivamente que vayan ahora mismo a comprarlo. No se arrepentirán.

Y si les gusta... a por el segundo número. Los caballeros Extraordinarios y La Guerra de los mundos de Wells unidos por la mano del siempre magistral Alan Moore.

Otro artículo refrito (carezco de tiempo para escribir nada) aparecido previamente en Metaluna.

2 comentarios:

Troutman dijo...

Siempre hay tiempo de escribir, quítate una hora de sueño.

Curiosamente hace unos días compré la edición especial de este comic para regalárselo a mi hermano (que espero, e imagino, que no lea ésto). El clásico regalo Boomerang, aunque siempre a sido así por ambas partes.

Quiería lanzar una reflexión sobre las interpretaciones. En este caso no es así, pero me ha venido a la cabeza cuando he leído lo de

nótese la reflexión sobre el sexismo de la sociedad inglesa del s. XIX

y otros apuntes sobre la lógica de la elección de personajes. Muchas veces te das cuenta de que al escribir algo se toma una elección aleatoria que, leíada por otra persona, resulta tener una lógica o interpretación que en ningún momento has pretendido, ante la que puedes poner cara de poker y decir

- efectivamente, querida

otra cosa, de todo el texto me sobra "a ver si aprenden los estadounidenses". Al fin y al cabo existen multitud de elementos subversivos y críticos en USA, del mismo modo que en Gran Bretaña. Bien es cierto que los británicos pueden serlo en mayor medida.

Nuala dijo...

Cuando decía "a ver si aprenden los americanos" (me temía que no lo dejaba claro) me refería al medio específico del que hablamos: los cómics.

Cuando algunos ingleses (y algunos galeses y escoceses) llegaron a la industria del cómic americano crearon una verdadera revolución. Nombres como Warren Ellis, Alan Moore, Morrison, Neil Gaiman, Milligan, de Delano (perdón si me dejo a alguno) dieron un giro impresionante al género. Los cómics estaban aprendiendo a ser "para adultos" y ellos añadieron los ingredientes necesarios: crítica, humor negro, referencias literarias, personajes con facetas...

Lo que hace Alan Moore en este cómic , como ya comento, es una inmensa crítica a su país de origen, con ingenio, humor e inteligencia. Sólo el cómic de autores americanos underground hace esa autocrítica. Los autores "best- seller" no pueden o no quieren hacerlo. Y, que yo sepa (ojalá me equivoque y descubra ahora alguna obra estupenda), sólo los ingleses se atreven a introducir sus críticas en los cómics super- ventas: Morrison es mi "enfant terrible" preferido (ya tardo en volver a hablar de él) haciendo de las suyas en series tan consagradas como X-Men.

En cuanto a las interpretaciones tienes razón, a veces se le da tantas vueltas a las obras que se sacan cosas donde no las hay. No es el caso de las obras de Moore, donde cada detalle está elegido cuidadosamente.

¿Hablas por experiencia?
Explica, explica...