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jueves, 9 de marzo de 2006

Depósito vacío

Cuando le conocí éramos aún adolescentes, y ya era el típico tipo que suele gustar a las mujeres. No era muy guapo pero sí alto, atlético, con un rostro de rasgos marcados agradablemente masculino, boca grande y nariz generosa. Pero sobre todo, y ahí estaba la clave de su atractivo, sabía hablar y sabía resultar misterioso. Para un tío tímido como yo era admirable ver cómo conseguía siempre a la mujer que quería, como si conociera los secretos mecanismos femeninos a la perfección.

A la mayoría de chicas les volvía locas su actitud de tipo duro, de hombre de mundo que está de vuelta de todo y sus insinuaciones sobre un pasado oscuro (por lo que yo sabía inexistente) del que prefería no hablar. Eso las estimulaba, estimulaba el juego de la seducción para el que él tenía las cartas marcadas. Usaba su nada despreciable imaginación para engancharlas en sus redes, para mantenerlas interesadas y fascinadas sin que jamás llegaran a descubrir quién era realmente. Cuando se cansaba desaparecía para siempre sin dar explicaciones y ellas se quedaban preguntándose qué había ido mal, qué demonios había sucedido.

Cuando crecimos un poco y él siguió con los mismos trucos dejé de envidiarle por su éxito y comprendí que su actitud, que siempre me había parecido ya terriblemente impostada, debía esconder miles de miedos e inseguridades personales.

Era un perdedor profesional. Solía jactarse de sus propios fracasos, se regodeaba con ellos como un avaro que cuenta sus monedas de oro. Me hablab de montones de proyectos y de asuntos interesantes que se traía entre manos pero que nunca acababan de materializarse como él quería: sus canciones, su novela, su grupo de música, su película, su guión, sus viajes, su lienzo en blanco... Decía que él iba a ser famoso, iba a ser admirado, iba a ser una estrella. Aunque aún no supiera muy bien cómo. Quizá bromeaba, o se mentía a sí mismo o se creía sus propias mentiras. Daba la impresión de que trataba desesperadamente de no ser un tipo normal y corriente. Creo qe hasta lemolestaba reconocer que se ganaba la vida trabajando de dependiente en una tienda defotografía, de telefonista, vendiendo enciclopedias o cualquiera de los miles de empleos que había tenido. Él era especial, tenía que serlo, y la gente especial no tiene trabajos comunes.

La noche que me lo encontré, después de bastantes años sin vernos, me sorprendió su aspecto taciturno. Mi chica había perdido el tren y tardaría bastante en acudir a nuestra cita, así que le saludé, me senté a su lado en la barra, le invité a un copa y me dispuse a estrechar lazos y a ponerme al día y hablar de los viejos tiempos. Mi "¿Qué tal va eso?" obtuvo una mirada sombría y silencio por respuesta. Vestía su disfraz de perdedor, se veía a la legua, y aunque le conocía y sabía que raramente hablaba de sí mismo o de sus sentimientos, le dije que quizá le ayudaría explicarme sus penas.

- Es un poco largo... -objetó.
- Tengo tiempo -le invité con una sonrisa franca.

Me miró directamete a los ojos, hizo una mueca como de dolor y cuando empezó a hablar y a contarme su historia fue cuando me di cuenta de que estaba completamente borracho.

- Conocí a una chica muy atractiva. Era realmente preciosa: con un cuerpo perfecto, una piel blanca de seda, una cara de muñeca y una boca hecha para el placer. Salimos un paro tres veces y se notaba que estaba loca por mí... -dio un trago a su bebida y tomó aire sin dejar de mirar al vacío con ojos de pez muerto- Se parecía a... ¿sabes esa actriz francesa...? No importa. La fui a buscar un find e semana por sorpresa y le dije "Nena, haz la maleta". Estaba emocionada como una escolar en día de excursión. No sé dónde creía que iba a llevarla, yo sólo tenía reservado un apartamento con piscina, sólo eso, sólo mi Leaving Las Vegas particular. Pero ya sabes cómos e ponen las mujeres con las sorpresas...

Bebió otro trago y vi cómo sonreía irónicamente, quizá por un chiste personal que yo no podía pillar. O más bien sólo su típica imitación de Humphrey Bogart. Le conocía cuando aún estaba perfeccionando ese gesto. Esperé y continuó con la misma voz monótona, como carente de toda emoción.

Llevávamos unas dos horas viajando y yo estaba feliz por el simple hecho de conducir por paisajes desérticos con la música a todo volumen. Miré la señal de nivel de combustible y supe que algo iba mal porque nos e había movido ni un milímetro desde que salimos. Golpeé el salpicadero y, de repente, la aguja saltó a cero. La luz de aviso debía estar fundida también. Maldije furiosamente. La chica me miró sin entender. No me podía creer mi mala suerte. Y las estaciones de servicio nunca están cuando las necesitas, ¿verdad? ¡Qué estúpido por no haber comprobado el depósito antes de salir! Nos quedamos tirados en la cuneta en una carretera en medio de la nada por la que apenas pasaban cinco coches al día...

Hizo una larga pausa, como buscando las palabras adecuadas para continuar, frunciendo el ceño de manera que su rostro, habitualmente de aspecto juvenil, se llenaba de arrugas. Intuí que por fin iba entender por qué me estaba explicando todo aquello.

- Me enfurecí, estaba fuera de mí. Salí y le di patadas a los neumáticos -siguió sin mirarme, prestando extrema atención a los hielos de su vaso, y yo me imaginé su Kowalski de Un tranvía llamado deseo, su James Dean sin causa-. Estaba oscureciendo. Ella estaba como asustada, sin atreverse a decir nada, con ojos de hámster. De repente, sin razón, la odié profundamente, tuve ganas de matarla, deseé que no estuviera allí sentada en el asiento de acompañante, con su ligero vestido floreado de putita, sus sandalias de tacón, sus labios pintados de rojo... La odié con todo mi ser pero me odié aún más a mí mismo. Tenía que irme de allí. Cogí una linterna y un bidón vacío del maletero, le di las aves y le dije casi sin mirarla que volvería con gasolina. Seguro que no le gustaba la idea de quedarse allí sola pero tampoco debía estar dispuesta a acompañarme porque no protestó. Mejor. Sentía una náusea que me enfermaba, que memareaba, que me perlaba la espalda de sudor frío en la cálida noche. No me sentí un poco mejor hasta que no me alejé.

Se acabó la bebida y el silencio se prolongó demasiado.

- ¿La encontraste? -me miró como si acabara de despertar de un sueño, sin entender mi pregunta-. ¿Encontraste la gasolina?

- No... De hecho no volví a buscar el coche hasta pasados tres días. Caminé toda la noche sin rumbo, sonámbulo, pensando, pero la gasolina, el coche o la chica ya no importaban para mí. A mí me recogió un camionero al amanecer. Ella me llamó preocupada. Yo ya la había borrado de mi cabeza, me asqueaba. Me dijo que la encontró una patrulla de policía durmiendo en el coche y la llevaron a casa, que llamó a todos los hospitales dando mi descripción, que era un cabrón por no avisarla de que estaba bien... Se enfadó mucho, me dejó las llaves del coche en el buzón. No la culpo. No quería volver a verla más.

Lo miré tratando comprender. Cuando habló de nuevo su voz temblaba levemente, parecía un niño perdido a punto de echarse a llorar.

- Sabes que siempre he querido ser libre, que odio que algo y, sobre todo alguien, me impida hacer en todo momento lo que quiero. Sabes que odio el compromiso, las ataduras emocionales. Las relaciones no son para mí, nunca lo han sido... -Asentí y se levantó tambaleándose, agarrándose al taburete.- Tengo que irme, estoy borracho. Gracias por la copa. Y por escuchar, eres un amigo. Hasta la vista.

Asentí de nuevo y acabé el último trago alzando el vaso a su salud. Cuando ya se marchaba pareció recordar algo, se giró y preguntó:

- ¿Cómo se llama tu...?
- ¿Mary?
- Eso, tu Mary... Cuídala. Te envidio. ¿Qué se siente? ¿Cómo es? ¿Es tan maravilloso como parece?
- Es aún mejor, deberías probarlo.

Le sonreí con cariño y él me miró con ojos tristes de perro abandonado. No supe qué más podía decirle. Se alejó, el llanero solitario cabalgando hacia el sol poniente.

3 comentarios:

kar dijo...

comprendo a tu humphrey particular, es muy sencillo desencantarse y buscar no tener una vida habitual entregándose a tonterías o fantasías y siendo incapaz de disfrutar con la vida, lo cual no quiere decir conformismo...
en fin, que me ha gustado

Blackstar dijo...

A mi también me ha gustado mucho!

Eso sí, debo tener poca psicología de personajes, porque no pensaba en que simplemente la iba a dejar allí sola. Pensaba que esa rabia interna lo iba a llevar a asesinarla. Asesinarla y después de tener la charla en el bar con el antiguo amigo, dispararse un tiro en la cabeza.

Besos!

Nuala dijo...

Mi idea básica al escribir esto era crear el retrato de un personaje a base de un diálogo con alguien que lo conoce y a pocas pinceladas. Era un ejercicio de descripción y quizá por eso no ocurre gran cosa. Quizá si me hubiese soltado sí habría habido sangre, mucha sangre, pero me he mesurado a propósito.

Lo peor es que no sé si he conseguido mi objetivo del todo... En fin, se intenta. Gracias por leerlo.